Dolor...
Cuánto dolor...
Leonor Valdés estaba bañada en sudor frío, una serie de punzadas desgarradoras le atravesaban el vientre.
Abrió los ojos de golpe y sintió un vacío inmenso en su interior.
No era hambre, era la sensación de que le habían arrancado algo de las entrañas estando viva.
Había perdido a su bebé.
Durante tres meses, había tomado religiosamente sus vitaminas, había dejado todo lo que pudiera hacerle daño, ni siquiera se atrevía a caminar rápido.
Pero Gabriel Castillo la había empujado por las escaleras sin contemplaciones.
En ese momento, Leonor intentaba darle los resultados del médico cuando Caterina Linares lo llamó llorando, quejándose de unos cólicos terribles.
Él no dudó ni un segundo en salir corriendo hacia ella, empujando con impaciencia a Leonor, que estaba en su camino.
—¡Lárgate!
Solo le dijo esa palabra.
Ella resbaló, su espalda golpeó el pasamanos y cayó rodando por los escalones.
Al caer, su primer instinto fue protegerse el vientre, pero el borde de la escalera se le clavó sin piedad en la parte baja de la espalda.
Leonor lo recordaba perfectamente, él se detuvo y miró hacia atrás un instante.
Pero fue solo un segundo.
Luego, siguió hablando por teléfono y se marchó.
En ese instante, una voz mecánica resonó en su mente.
*El nivel de afecto del objetivo, Gabriel Castillo, ha caído a números negativos. Misión completamente fallida.*
*Mecanismo de castigo activado. Cuenta regresiva de vida: 30 días.*
Acostada en la cama del hospital, Leonor escuchó la notificación sin inmutarse.
Treinta días.
Repitió el número en su cabeza y, sorprendentemente, sintió un profundo alivio.
Habían pasado ocho años.
Desde que a los dieciocho años quedó vinculada a este maldito sistema, se había dedicado a una sola cosa: complacer a Gabriel Castillo.
El sistema le había advertido que debía ganarse su amor o, de lo contrario, moriría.
Por eso amó con desesperación, destrozando su propio talento, su orgullo y su dignidad, solo para encajar en el molde de la perfecta señora Castillo.
Ella amaba pintar.
Sus profesores decían que era un genio que nacía una vez cada cien años, que su pulso, su sentido del color y de la composición eran un regalo divino.
Pero al final, lo abandonó todo.
Todo porque Gabriel le había dicho: *Te ves ridícula cuando pintas*.
Leonor cerró los ojos con fuerza.
Leonor reconoció esa voz de inmediato. Era Caterina Linares, la sombra que había atormentado su matrimonio durante ocho años.
La voz de Gabriel sonó baja, pero cargada de una ternura que Leonor casi había olvidado.
—Cinco minutos, termino de arreglar esto y salgo.
Arreglar...
Leonor masticó esa palabra. ¿Iba a arreglarla a ella?
La puerta se abrió.
Gabriel entró, impecable en su traje a medida, trayendo consigo el aroma del perfume que Caterina solía usar.
Miró a Leonor en la cama, pero no le preguntó si le dolía algo, ni se interesó por el bebé.
Simplemente, sacó un documento de su maletín y lo tiró sobre la mesa de noche.
—Fírmalo.
Leonor giró la cabeza para mirarlo. Era un acuerdo de divorcio.
—Cate quiere ocupar su lugar como mi esposa —dijo Gabriel de pie junto a la cama, mirándola desde arriba con el mismo tono que usaría en una junta directiva.
Leonor no dijo nada.
Gabriel frunció el ceño, advirtiéndole:
—Ni se te ocurra usar ese truco sucio del embarazo para presionarme. ¡Incluso si naciera, no lo miraría ni una sola vez!
Resultaba que aún no sabía que había perdido al bebé.

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