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30 días para morir: El CEO llorará ante mi tumba vacía romance Capítulo 4

Había un par de fotos algo borrosas, pero ella las había revelado igual y las había puesto en portarretratos.

Leonor sacó las fotos de los marcos.-

Luego caminó hacia el basurero y, delante de ellos, tiró todo el fajo de fotografías.

Siguió con la bufanda. Había tardado tres meses en tejerla, deshaciendo y rehaciendo el trabajo infinidad de veces. Él jamás la usó.

Mejor dicho, la había rechazado por completo.

Incluso se la había tirado a la cara.

—¿Cómo te atreves a regalarme algo tan corriente?

—Leonor, si tú no tienes vergüenza, yo sí.

Desde entonces, la había guardado en un rincón de su cuarto, y ahora también iba directo a la basura.

Caterina observaba la escena sintiéndose cada vez más incómoda. Tiró suavemente de la manga de Gabriel y susurró:

—¿Crees que está haciendo un drama para llamar tu atención?

Gabriel no respondió. Su mirada estaba clavada en la pila de cosas dentro del bote de basura.

Aunque a él nunca le importaron esos detalles, el hecho de que Leonor los tirara en su cara era un claro mensaje de desprecio.

Por último, Leonor sacó una última cosa del cajón: un anillo de bodas.

No era el que Gabriel le había comprado; era un par de anillos que ella misma había mandado a hacer ahorrando durante seis meses.

Ella siempre había usado el suyo, pero Gabriel nunca aceptó el otro, así que se quedó en aquel cajón.

Colocó los dos anillos en la palma de su mano. Se sentían tan ligeros...

Cerró los dedos, los volvió a abrir, y los anillos cayeron al fondo del basurero con un tintineo metálico.

La mano con la que Gabriel sostenía su taza tembló levemente, formando ondas en el café.

Dejó la taza a un lado, dio dos zancadas hacia Leonor y le agarró la muñeca con fuerza.

Pero al instante, sus ojos mostraron un destello de desconcierto.

La había agarrado de la muñeca muchas veces, cada vez que ella le llevaba la contraria. Solía jalonearla, empujarla o apartarla con brusquedad.

Él recordaba esa muñeca: antes era suave, cálida, con algo de carne.

Pero ahora, lo que tenía entre sus dedos era pura piel y hueso, y estaba helada.

Ella pesaba tan poco que, con el ligero tirón, casi pierde el equilibrio.

Gabriel apretó el agarre por un segundo, perdido en sus propios pensamientos, y luego la soltó bruscamente.

—Hiciste bien en tirarlo. Así no estorba.

Y sin mirar atrás, salió de la habitación.

De repente, Leonor se quedó sola en medio de un silencio abrumador.

Miró hacia el bote de basura.

Quería vivir para hacer lo que amaba, para perseguir sus sueños.

Pero el destino era cruel, y ahora solo le quedaban veintiocho días.

Aunque su vida se estaba apagando, su sueño renacía.

En el tiempo que le quedaba, por fin podría volver a tomar un pincel.

Sus dedos se detuvieron sobre el teclado un segundo.

Comenzó a escribir.

*Adri, he vuelto.*

Mensaje enviado.

Afuera, la ciudad brillaba con sus luces, mientras los taxis pasaban uno tras otro bajo su ventana.

Leonor apagó la computadora y se acostó.

El dolor en su espalda baja volvió a atacarla. Colocó una almohada debajo de ella y se acomodó.

La pantalla de su celular se iluminó. Era la respuesta de Adri.

*¡No tienes idea de que llevo ocho años esperando este correo!*

*Por favor, dime en qué ciudad estás, tomo el primer vuelo hacia allá.*

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