Por eso, por más que le dolieran las inyecciones, nunca se atrevía a soltar una lágrima.
Resultó que estos cuatro años solo habían sido una farsa.
Su bebé...
¡No era más que una herramienta de Cristian para complacer a Isabella!
¿Y ella, qué era?
¿Una sirvienta gratis?
¿Una máquina de hacer bebés?
...
Zoa bajó las escaleras tambaleándose.
Ahora solo tenía un pensamiento en mente.
¡Huir rápido con su bebé!
Pero las cosas no salieron como esperaba. Antes de siquiera pisar la salida del hospital, los guardaespaldas de Cristian la atraparon y la llevaron de vuelta.
Una fría aguja atravesó su piel.
En cuestión de segundos, se quedó sin fuerzas, viendo solo las luces del techo pasar a toda velocidad.
Al ver el letrero de quirófano, agarró por instinto la ropa de la persona a su lado.
Era Cristian.
Él la miró desde arriba con desprecio.
—Ya que te enteraste, más te vale pagar tu deuda.
—¡No! ¡Este también es tu hijo! ¡Mi bebé y yo seremos obedientes! Te lo ruego...
Zoa temblaba en cada palabra, en cada súplica.
Apretó tanto el impecable saco de traje que lo deformó, encajando las uñas en su propia palma.
Pero a Cristian no le importó.
Le fue soltando los dedos uno por uno, y con rostro inexpresivo, observó cómo la introducían al quirófano.
...
La luz de cirugía se encendió.
Zoa no sentía dolor, pero podía sentir cómo el bisturí le abría el vientre.
Pronto, escuchó el débil llanto del bebé, como el de un gatito.
Y también la conversación entre Isabella y Cristian.
—Cristian, este bebé arrugado es asqueroso, no se parece en nada a ti.
—Entonces no lo mires, deja que los doctores se encarguen.
Cristian acompañó a Isabella fuera de la sala de partos con toda la delicadeza del mundo.
Ni siquiera se molestó en dedicarle una mirada al bebé.
El niño debió sentir que no era bienvenido, porque su llanto se hizo cada vez más débil.
Solo su pequeña manita quedó suspendida en el aire, como esperando algo.
Zoa sabía que su bebé la estaba esperando.
Esperaba que ella le tomara la manita.
Extendió la mano con todas sus fuerzas, pero parecía estar a miles de kilómetros.
Solo pudo ver cómo el cuerpo de su hijo se ponía morado, perdiendo la vida poco a poco.
Bip...
La línea roja plana se grabó a fuego en los ojos inyectados en sangre de Zoa.
Como si en ese instante, su propia alma se hubiera ido con él.
Sus labios temblaron.

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