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A Once Años de Mi Muerte romance Capítulo 15

—¿Qué te parece esta? —preguntó Marcelo a su asistente, Antonio.

Antonio le echó una mirada sin ganas.

—Esa también está bien.

¡Por el amor de Dios! ¡Ya iban veinticinco trajes blancos probados!

Como buen tipo, Antonio de plano era incapaz de notar alguna diferencia entre todos esos trajes. Y ni se diga de las gafas: o eran plateadas o doradas, pero al final todas lucían igual.

Además, ni siquiera había algún evento importante esta noche.

¿A qué estaba jugando el jefe?

¡Hasta se había bañado cinco veces ya!

—Ya está, entendí, puedes irte. Es hora de que te vayas a casa —sentenció Marcelo, dándole la despedida.

Escuchar la palabra "salida" era como si le hubieran inyectado energizante a cualquier empleado.

Antonio no mostró ni la más mínima nostalgia. Agarró su mochila y se despidió:

—Listo, presidente Nájera, ¡nos vemos mañana!

La mansión quedó en silencio. Marcelo se plantó frente al espejo y volvió a revisar su cara.

Ya se había rasurado, arreglado las cejas, el cabello recién lavado y los lentes nuevecitos.

Perfecto. Se veía impecable.

Aun sentía ganas de volver a bañarse. Al cambiarse la ropa había sudado un poco, y si Cristina llegaba a notarlo, sería un desastre.

Pero levantó la muñeca y miró la hora. Ya eran las ocho de la noche.

Cristina podía aparecer en cualquier momento. Tenía que estar listo.

Hoy, su asistente le había contado que el asistente personal de Federico estaba investigando quién vivía actualmente en esa casa.

Justo como lo sospechó de madrugada: ella solo podía dormir en esa casa, debido a su insomnio.

Era muy probable que Cristina viniera hoy a la mansión.

Por eso, Marcelo se quedó trabajando todo el día desde casa. Esperando a Cristina.

La zona residencial estaba en la ladera de la montaña, y la suya era la primera casa.

Cada vez que escuchaba el motor de un carro subiendo, Marcelo se asomaba por la ventana del vestidor y sentía el corazón acelerarse.

En ese momento, otra luz de carro cruzó la oscuridad del camino y avanzó lentamente hacia la casa.

Marcelo sintió que la respiración se le aceleraba. Se aflojó un poco la corbata, pero al instante la volvió a apretar.

No dejaba de caminar de un lado a otro con sus largas piernas, y la palma de su mano sudaba tanto que el ardor le recordaba la herida de la noche anterior.

¿Esta vez sí sería Cristina?

¿De verdad sería ella?

—¡Ding dong!

Cristina apretó el timbre de la entrada de la mansión.

Federico estaba junto a ella; su altura la cubría con su sombra.

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