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A Once Años de Mi Muerte romance Capítulo 16

El mayordomo les echó una mirada a los dos.

—Muy bien, voy a avisarles de su llegada.

La gran puerta volvió a cerrarse, dejando a Cristina y Federico afuera.

Cristina no se pudo contener y soltó con desparpajo:

—Marcelo ahora sí que se da su taco, ¿eh?

Federico apenas se inmutó, aunque por dentro se le movieron los nervios. Ni loco se atrevía a contestar en voz alta. Quién sabe si tenían cámaras por ahí y, si decía algo fuera de lugar, capaz y Marcelo les cancelaba la inversión del próximo trimestre.

A su nivel, los negocios eran como una bola de nieve: siempre necesitaban inversión para seguir rodando.

Al poco rato, el mayordomo regresó desde dentro.

—Pueden pasar, por favor.

Cristina y Federico siguieron al mayordomo por el camino empedrado hacia la entrada.

La casa era una mansión con un jardín enorme, fácil una hectárea entera, y aunque era de noche y las luces del jardín no estaban tan encendidas, se notaba que todo estaba cuidado con esmero. El aire traía el aroma de las flores y las plantas, llenando el ambiente de un frescor delicioso.

Había que admitirlo: Marcelo sabía cómo mantener un jardín así de bonito.

Cuando Cristina vivía aquí, el jardín estaba repleto de árboles frutales, porque a ella le encantaba comer fruta. Incluso una vez compró un árbol de cerezas, pero al año siguiente solo dio manzanas silvestres. Volvió a intentarlo con otro árbol de cerezas y otra vez, solo manzanas... Le dio tal coraje que terminó reportando a los dos negocios donde los había comprado.

El enorme y elegante surtidor de agua seguía allí en la entrada, iluminado de tal manera que el agua brillaba y danzaba, dándole un aire de cuento de hadas.

Apenas puso un pie en el jardín, Cristina sintió cómo se le aflojaban los hombros. Era como volver a casa. Al fin y al cabo, para ella, apenas hacía un par de días que seguía viviendo en esta casa.

Rodearon el surtidor y entraron a la sala principal.

El mayordomo anunció:

—Señor, sus invitados ya están aquí.

Desde la parte superior de la escalera, se escuchó una voz agradable y cálida:

—Bien.

Cristina levantó la vista y miró hacia la escalera.

Allí estaba Marcelo, vestido con un traje blanco impecable, lentes de marco plateado descansando sobre su nariz recta. Parecía sacado de un sueño, inalcanzable y brillante, como esas figuras que solo se ven en telenovelas.

Cristina tampoco se esperaba que su archienemigo la hubiera borrado por completo de su memoria. Pero, pensándolo bien, tenía sentido. Habían pasado once años y la vida de Marcelo era todo menos aburrida.

De no tener nada, Marcelo había llegado a amasar una fortuna de miles de millones, como para escribir una novela larguísima sobre su vida.

Antes de venir, Cristina ya se había preparado mentalmente, así que no se sintió demasiado decepcionada.

Aunque le dolía la cabeza, avanzó con una sonrisa radiante:

—Hola, yo soy Cristina. Puede que no me recuerdes, pero seguro sí te suena el examen de ingreso universitario de 2014. Yo fui la mejor calificada, y tú quedaste en segundo lugar en toda la ciudad.

Marcelo se quedó mudo.

Federico también.

Federico casi se le salen los ojos de la sorpresa. Solo a ella se le ocurría presentarse así de directo. ¿Quién iba a olvidar semejante detalle? Para Marcelo, ese debió ser uno de los pocos momentos en que no fue el número uno.

Pero con esa presentación, ¿accedería Marcelo a vender la casa?

El típico ídolo de la alta sociedad, siempre distante y serio, no pudo evitar que se le torciera la boca en una mueca de sorpresa. Parecía que por fin se acordaba; sus ojos se llenaron de un brillo divertido, como si se le hubiera quitado una duda de encima y quisiera esconder la fascinación que sentía.

Justo cuando iba a responder, Cristina, tan llena de vida, de repente se tambaleó hacia adelante y terminó cayendo directo en sus brazos.

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