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A un paso de la boda: Mi ex se volvió loco romance Capítulo 12

—Catarina, haz de chofer un momento y lleva al doctor León al Hospital San Lucas.

Eché un vistazo al logo de la doble R en las llaves. Era obvio que no era un vehículo de la empresa, y Nicolás tampoco tenía un auto de ese modelo; lo más probable es que fuera el auto personal de Dante.

¿Acaso vino conduciendo y ahora no podía regresar por su cuenta?

Además, había varios choferes en la empresa. No tenía sentido que me pidieran a mí que hiciera de chofer.

Tomé las llaves.

Mis compañeros de departamento estiraron el cuello para mirar.

—¡Hala! Ese es el auto de lujo de la marca del angelito, ¿no?

—Para ser doctor, sí que tiene un nivel de vida impresionante, tsk tsk.

Caminé hacia el ascensor con las llaves en la mano.

...

Desde la empresa hasta el Hospital San Lucas era media hora de camino, una hora en total de ida y vuelta.

Nuestra hora de almuerzo duraba dos horas, así que tenía tiempo de sobra para dejarlo y regresar.

Un auto de lujo era muy diferente a mi viejo coche de diario.

Me sentí como una idiota, tuve que buscar en internet hasta para saber cómo cerrar la puerta y arrancar el motor.

Dante estaba sentado en el asiento trasero, observando mi torpeza como si estuviera viendo a un payaso en un espectáculo.

No se molestó en darme instrucciones, y yo me negué a abrir la boca para preguntar.

Finalmente logré entender cómo funcionaba y pisé el acelerador.

Conducir bien no era fácil, pero marear al pasajero hasta que quisiera vomitar no era nada complicado.

Frenaba de golpe a cada rato, incluso cambiaba de carril pisando la línea continua justo debajo de las cámaras de tránsito. Cuando el GPS me advertía de un radar de velocidad, aceleraba a propósito.

Si todo salía como esperaba, en esa media hora me quitarían todos los puntos de la licencia.

Dante se mantuvo imperturbable. No dijo ni una sola palabra.

Pronto llegamos a una zona de tráfico pesado y los autos avanzaban a paso de tortuga.

Normalmente no había tanto tráfico a esa hora. O estaban reparando la calle más adelante, o había ocurrido un accidente.

Golpeé el volante con frustración.

—Busca un lugar para estacionar y vamos a comer algo —dijo Dante con voz neutra.

Fingí no escucharlo.

El auto avanzaba centímetro a centímetro. En cinco minutos apenas nos habíamos movido un par de metros.

Dante contestó una llamada.

La voz de Andrea Quintana resonó en el reducido espacio del auto, clara y nítida.

—Dante, ¿por qué te fuiste? ¿No habíamos quedado en almorzar juntos?

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