Mis recuerdos regresaron en un instante a lo que pasó hace cinco años.
En ese entonces, para complacer a Ricardo León, le preparé unos cuadernos de apuntes especialmente a Dante.-
Pero a Dante no le gustaba estudiar. Yo le explicaba con paciencia, esforzándome para que entendiera, pero él solo se quedaba mirándome embobado.
Cuando levantaba la vista para mirarlo a los ojos, sus orejas se ponían rojas de repente.
Después de tres meses de tutorías, sus calificaciones bajaron en lugar de subir. Ricardo sintió que yo no servía para nada y decidió enviarme de regreso al pueblo.
La calidad de los profesores en el pueblo no se comparaba con la de la ciudad. Era una verdadera lástima no poder seguir en ese colegio.
Empaqué mis cosas y me preparé para despedirme. Al pasar por el estudio, escuché a Dante rogándole a Ricardo que me dejara quedarme tres meses más, prometiendo que estudiaría en serio y mejoraría.
Y lo logró.
Un mes después, vino hacia mí con los resultados de sus exámenes, buscando mi reconocimiento.
—Catarina, ¿a poco no soy increíble?
El chico de mis recuerdos se fusionó con el hombre que tenía enfrente.
Había perdido hacía mucho tiempo aquella vitalidad juvenil.
—Múdate —dijo Dante con voz fría.
Él le había regalado este departamento a Gabriel.
Una vez regalado, era decisión de Gabriel dejar vivir a quien quisiera, pero si Dante me lo pedía, no tenía la cara dura de seguir quedándome aquí.
Eché un vistazo al sofá. Gabriel seguía inconsciente.
—Me iré en cuanto se le pase la borrachera.
—Yo me encargo de él —Dante me miró como si fuera una ladrona, con desprecio y asco—. Empaca tus cosas y vete ahora mismo.
Me di media vuelta, entré al cuarto y empecé a sacar mis prendas del clóset, una por una.
Al cerrar la maleta, recordé que hace cinco años me habían echado de la familia León con la misma prisa.
Aunque en ese entonces había sido mucho más humillante.
En ese momento me sentía frustrada.
Pero ahora que lo pienso, yo vivía bajo el techo de los León, todo lo que comía y usaba era de ellos, incluso mis estudios fueron pagados por Ricardo. Por más que hubiera entregado mi vida entera, nunca habría sido suficiente para pagarles esa deuda.
Ellos solo habían dejado de ayudarme, ¿cómo podía quejarme?
Salí de la habitación arrastrando mi maleta.
Gabriel seguía profundamente dormido en el sofá. Dante estaba sentado a un lado, mirando su celular sin siquiera voltear a verme.
Giré la perilla de la puerta.
Justo cuando estaba por salir, me llamó.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: A un paso de la boda: Mi ex se volvió loco