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Abandonada por ex, mimada por el magnate romance Capítulo 27

—Aguanta un poco.

Su voz de por sí era grave, pero ahora sonaba ronca.

Le hablaba a la mujer que tenía entre sus brazos, aunque el que realmente necesitaba aguantar era él mismo.

Elena no estaba consciente, la droga dictaba sus acciones; solo le quedaba el puro instinto físico.

Cualquier cosa que ella intentara hacerle, era comprensible.

Pero él estaba completamente sobrio.

Si se aprovechaba de la situación, no sería más que un oportunista sacando ventaja de una mujer indefensa.

El beso de hace un momento había sido un impulso incontrolable.

Eso ya había sido una falta de respeto hacia ella.

No podía permitirse cruzar la línea.

Sin embargo, su corazón se negaba a calmarse.

Y es que Elena estaba prácticamente desnuda.

Siempre había sabido dónde estaban los límites, pero en ese momento le costaba horrores recordarlos.

La tenía pegada al cuerpo, ya le había visto todo y, para colmo, la había besado...

Pero ella estaba casada. Era la esposa de otro hombre.

El fuego abrumador que ardía en los ojos de Sebastián finalmente se apagó.

Dejó de dudar, agarró una de las toallas grandes del baño y envolvió a Elena por completo, dejándola metida en la tina.

Elena quedó completamente envuelta, con apenas el rostro al descubierto.

Se sentía muy incómoda, pero por más que trataba, no podía zafarse.

Abrió los ojos a duras penas y, con la vista nublada, logró distinguir la imponente figura del hombre frente a ella.

Sebastián desvió la mirada, pero un segundo después, no pudo evitar voltear a verla otra vez.

Elena lo observaba con la mirada desenfocada y el rostro encendido; había en sus ojos una vulnerabilidad peligrosa para cualquiera.

Por primera vez en su vida, Sebastián dudó de su propio autocontrol.

O más bien, entendió que frente a ella su voluntad empezaba a ceder.

Levantó la mano y le cubrió los ojos con la palma.

—Aguanta un poco más...

Como si hubiera entendido, Elena levantó un poco la barbilla, inquieta, y frotó su rostro contra la palma de la mano de él.

Ese mínimo roce fue suficiente para alterarlo mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

El yate ya debió haber atracado.

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