Muchos hombres ricos estaban acostumbrados a tomar a las mujeres como un simple entretenimiento.
Pero Sebastián nunca había mostrado interés en perseguir a ninguna; siempre parecía vivir al margen de todo.
Por eso, cuando Hugo se enteró de que una mujer le importaba de verdad, el asombro lo dejó sin palabras.
Si aquella era la mujer que le importaba a Sebastián, más le valía actuar con el mayor cuidado posible.
Aunque solo fuera para canalizarla, no se atrevería a moverle ni un pelo de más.
Y vaya que sus precauciones tenían fundamento.
De hecho, justo antes de destaparla, Sebastián le ordenó:
—Date la vuelta.
Ni siquiera se iba a ver nada.
Pero de todos modos, Hugo obedeció.
«Esa mujer realmente logró tocar algo que nadie había tocado en él», pensó con asombro.
Después del baño de agua fría y de tanto alboroto, Elena estaba agotada.
Por fin se había calmado.
Sebastián levantó la cobija y lo primero que vio fueron sus hombros blancos y delicados.
Volteó la cara por puro instinto y solo estiró la mano para quitarle la toalla que la envolvía.
Ella y la toalla seguían húmedas, empapando también la cama, así que iban a tener que cambiar las sábanas en un rato.
Sebastián le sostuvo la muñeca con cuidado y tapó el resto de su brazo con la sábana antes de decirle a Hugo:
—Está bien.
Hugo mantuvo la mirada fija, viendo únicamente la delicada mano de la mujer.
Como médico de cabecera, a veces le tocaba encargarse de asuntos que debían mantenerse en total discreción.
Por eso, Hugo también dominaba el trabajo de enfermería.
Canalizar a alguien era una tarea sencilla para él.
Pero en cuanto le puso el torniquete en la muñeca, apretando la banda azul contra su piel pálida, Sebastián frunció el ceño de inmediato:
—Con más cuidado.
Hugo se quedó sin palabras.
Un silencio incómodo llenó la habitación.
Hacía años, estando en el extranjero, le había sacado una bala a Sebastián.

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