Después de la bofetada, ambos se quedaron paralizados.
Sebastián arqueó un poco las cejas, con una mirada profunda.
Nadie le había cruzado la cara jamás.
En toda su vida.
Nadie se habría atrevido a hacer algo así.
Era, sin lugar a dudas, lo más insólito que le había pasado en sus veintiocho años de vida.
Elena también estaba en shock.
Había cosas que, sencillamente, nadie se atrevía a hacer.
Y mucho menos atreverse a golpear a alguien como Sebastián.
Ese hombre tan poderoso, arrogante e inalcanzable.
La palma todavía le ardía, recordándole la fuerza con la que le había cruzado la cara.
Pero, ¿acaso no se lo merecía?
¿Cómo pudo... cómo pudo hacerle algo así?
En ese instante, Elena lo entendió todo.
Después de tomarse la copa que le dio Adriano, había perdido el conocimiento.
Aunque sus recuerdos eran un desastre, las imágenes borrosas en su cabeza le confirmaban que el hombre que había forcejeado con ella y había intentado abusar de ella era Sebastián.
Había creído que Adriano no la obligaría a acostarse con Diego.
Pero nunca se imaginó que la terminaría metiendo en la cama de un hombre con todavía más poder.
Todo era demasiado evidente: por puro egoísmo, Adriano la había tratado como si no valiera nada.
Lo que hizo Adriano, por supuesto, le partía el corazón.
¡Pero el hombre que tenía enfrente era igual de despreciable y asqueroso!
Él la miraba fijamente, con una expresión de desconcierto por un segundo, como si incluso estuviera ofendido.
¿Ofendido él?
A Elena se le cerró la garganta y los ojos se le empañaron de golpe.
—¿Por qué me pegas? —preguntó Sebastián. A pesar del golpe, su voz sonaba tan fría e indiferente como siempre.
Como si no fuera él quien acababa de recibir una cachetada.
Elena habló con la voz temblorosa:
—Lárgate...
Sebastián frunció el ceño.
—¿No estarás malinterpretando las cosas?
Elena cerró los ojos, intentando contener el temblor que le recorría el cuerpo.

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