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Abandonada por ex, mimada por el magnate romance Capítulo 30

En ese momento, llegó Sebastián.

Solo llevaba una camisa y un pantalón de vestir impecables, pero bastaba verlo caminar para sentir la autoridad aplastante que imponía.

—¿Cómo está? —preguntó Gabriel mientras se ponía de pie.

Sebastián le echó una mirada seca y no dijo nada.

Quedaba claro que ni siquiera era momento de hacer esa pregunta.

La estaba protegiendo con una seriedad que no admitía dudas.

Gabriel captó la indirecta y desvió el tema hacia Diego:

—Este tipo acaba de decir que Adriano lleva tres años casado con Elena y nunca se ha acostado con ella. ¿Tú sabías eso?

Sebastián lo volteó a ver de golpe.

Gabriel sintió que había valido la pena ir ese día.

Una y otra vez, había visto en Sebastián reacciones que jamás le había visto antes.

Era obvio que Sebastián tampoco tenía idea.

Pero rápidamente ocultó su sorpresa y se dirigió a Diego:

—La familia Roca tiene un proyecto en puerta; tú te vas a encargar de coordinarlo.

Diego jamás se imaginó que lo primero que Sebastián le diría fuera para hablar de negocios.

Siempre había sido un inútil a ojos de su familia; nunca le confiaban nada y hasta temían que cualquiera pudiera verle la cara.

Así que, al escuchar que Sebastián le estaba ofreciendo liderar un proyecto, se irguió de golpe, inflado de orgullo:

—¿De verdad? No me lo esperaba.

Gabriel lo miró con lástima y resignación.

¿De verdad ese idiota creía que iba a salir bien librado después de haber provocado a Sebastián?

El proyecto que le estaba asignando seguramente era una condena disfrazada de premio.

—Ya que no tienes inconveniente —Sebastián miró a Gabriel—, mándalo fuera del país ahorita mismo.

—Entendido —respondió Gabriel de inmediato.

Diego se quedó pasmado:

—¿Fuera del país? ¿Por qué me tengo que ir?

Sebastián no tenía intenciones de gastar saliva con él; en el trayecto, ya le había marcado al señor Roca.

Resulta que ese proyecto estaba en medio de un desierto perdido, lejos de cualquier rastro de civilización. Aunque a su padre no le hacía mucha gracia, si Sebastián lo pedía, era imposible negarse.

Sebastián se dio la media vuelta y se marchó.

Gabriel miró a Diego como si viera a un caso perdido:

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