La doctora tenía el rostro endurecido y su tono no admitía réplicas:
—¿Dónde están los familiares? ¿Quién viene con la paciente?
—Yo —respondió Romeo sin dudarlo un segundo.
Diego abrió la boca, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Romeo ya había tomado las riendas.
Al ver la espalda ancha y firme de su examigo, Diego tragó saliva y optó por callarse.
La doctora, asumiendo lo evidente, descargó toda su furia contra Romeo:
—¿Usted es el esposo?
—¿Qué clase de marido es usted? ¡La paciente tiene un cuadro de desnutrición severa, un peso peligrosamente bajo y está completamente agotada!
—¡Apenas han pasado cinco meses desde que dio a luz y la herida de la cesárea ni siquiera ha cicatrizado bien! ¿Acaso nadie la cuidó durante la cuarentena? ¡Dejar que llegue a este estado es un acto criminal!
Romeo apretó los puños a los costados, con los nudillos blancos por la tensión.
Frente a la mirada acusadora de la doctora, pasó saliva con dificultad. No intentó defenderse, solo bajó la cabeza y murmuró:
—...Fue mi culpa. No la cuidé como debía.
A un par de metros, Diego sentía que la cara se le caía de vergüenza.
Quiso dar un paso al frente para aclarar que el marido era él, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
Armar un escándalo en ese momento solo provocaría un espectáculo bochornoso frente al personal y los pacientes que pasaban.
Así que se quedó ahí, tragando veneno, viendo cómo Romeo asumía toda la humillación y la culpa que le correspondía a él. Sentía una losa de cemento aplastándole el pecho.
Al ver que el supuesto "esposo" asumía la responsabilidad sin chistar, la doctora suavizó apenas un poco el tono, aunque sin perder la severidad:
—Más vale que empiecen a tomar cartas en el asunto. Necesita ser internada de inmediato para estabilizarla y ponerle sueros vitamínicos, además de hacerle una serie de exámenes exhaustivos. Vaya a llenar los papeles ahora mismo. No pierda más el tiempo.
Romeo asintió con firmeza:
—Entendido. Voy enseguida.
Con esa advertencia final, la doctora volvió a perderse tras las puertas de urgencias.
Al ver que Diego se quedaba mudo, Romeo se sacudió de su agarre con asco y se dirigió a pagar la hospitalización.
Bajo la gélida luz fluorescente del pasillo, Diego se quedó plantado, con el alma ahogada en un torbellino de culpa y desesperación.
En ese instante, su celular vibró. Era Vera:
—Diego, ¿por dónde vienes? Ya le avisé a mi papá y reservé un privado para cenar en el Restaurante El Muelle de Solsepia.
El estómago de Diego se revolvió al recordar que le había jurado acompañarla para enfrentar al señor Navarro.
Miró la esfera de su reloj.
Si salía ahora mismo de Santa Lucía, llegaría justo a tiempo para la cena en Solsepia.
Si la dejaba plantada, Vera caminaría por un campo minado con su nueva familia.
Soltó un largo suspiro. Amaya ya estaba en buenas manos. Con Romeo montando guardia, él sobraba en ese lugar.
Tras dudarlo un par de segundos, sacó el celular, abrió la aplicación del banco y transfirió un millón directo a la cuenta que Amaya usaba antes.

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