—Estás desesperado por que la deje ir, solo para poder quedarte con las sobras, ¿verdad?
—¡Pues escúchame bien, Romeo, eso jamás va a pasar!
—¡Mientras Amaya y yo tengamos ese acta de matrimonio, si te atreves a ponerle un dedo encima, serás el tercero en discordia! Piénsalo bien, Romeo. Estás a tiempo de largarte. ¡Si no lo haces, juro que te destruiré y haré que toda la alta sociedad te escupa en la cara!
Romeo lo fulminó con una mirada firme e inquebrantable:
—Yo no soy como tú. Me importa un carajo lo que piense la gente. Lo único que me interesa es que Amaya pueda volver a respirar en paz.
—No la protejo porque quiera llevármela a la cama o adueñarme de ella. Lo hago porque quiero devolverle la sonrisa a esa niña feliz y radiante que conocí en su infancia.
Las palabras golpearon a Diego. Su rostro se tensó al captar el detalle:
—¿Infancia? ¿Ustedes se conocen desde que eran niños?
Un par de segundos de confusión bastaron para que la verdad lo golpeara de lleno. Dio un paso al frente, con los ojos muy abiertos, observando a Romeo con absoluta incredulidad:
—No me digas que... ella es la niña de la que me hablaste aquella vez...
Hace años, cuando aún eran hermanos de alma que no se guardaban secretos, Romeo le había contado sobre su pasado.
Le habló de un amigo muy cercano que tuvo de pequeño, a cuya casa adoraba ir. Ese amigo tenía una hermanita menor, traviesa, siempre sonriente, un torbellino de alegría.
Luego, la tragedia golpeó a esa familia. El amigo se fue del país, y solo la niña y su madre se quedaron.
Romeo le había confesado que siempre velaba por ella desde las sombras, ayudándola sin que se diera cuenta.
Le contó todo esto, pero jamás le reveló el nombre de la niña.
Y en ese entonces, Diego tampoco le dio importancia. Fue una plática más entre tragos que se disipó con las risas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta