Leonor, Josefa y Vera se quedaron boquiabiertas.
Ninguna se imaginaba que Amaya se hubiera vuelto tan insolente como para ignorar por completo a Rubén.
—¡Papá! —Leonor estaba furiosa—. ¡Si no la ponemos en su lugar, se nos va a subir a las barbas!
Rubén reaccionó de golpe, dio un manotazo al respaldo de la silla y una mirada gélida brilló en sus ojos:
—Leonor, además de recuperar a la niña, acúsala de robar secretos corporativos del Grupo Muñoz, específicamente los planos del Edificio Horizonte. Quiero que la veten en toda la industria, que le congelen sus cuentas y que las autoridades se la lleven para investigarla.
—Además, difunde el rumor de que es una mala mujer y una desagradecida. ¡Quiero que todo Solsepia sepa qué clase de mujer metió a la casa la familia Muñoz!
En ese momento, la intención destructiva en los ojos de Rubén era evidente.
Dudaba mucho que la terquedad de Amaya fuera superior a su poder e influencias.
Había construido el imperio del Grupo Muñoz en Solsepia a base de esfuerzo, no era ningún dejado.
Si se atrevía a faltarle al respeto, le iba a enseñar a ella y a su hija cuáles eran las consecuencias.
Leonor apretó los puños, con los ojos llenos de ira:
—De acuerdo, papá. Ahorita mismo me encargo.
Vera se esforzaba por ocultar su sonrisa; por dentro estaba feliz de la vida.
Josefa, por su parte, aplaudió complacida:
—Definitivamente más sabe el diablo por viejo que por diablo. ¡Para lidiar con esa terca, tenías que intervenir tú!
La familia Muñoz no tardó en asestar el golpe.
En menos de tres días, la reputación de Amaya como una mujer rebelde y desleal se propagó por los círculos sociales de Solsepia, desatando todo tipo de chismes.
Pronto, Amaya empezó a recibir notificaciones de que sus tarjetas y activos bancarios habían sido congelados.
Luego, algunos colegas le avisaron que el Grupo Muñoz había ordenado vetarla de toda la industria, y cualquiera que se atreviera a contratarla se volvería enemigo de la empresa.
Eran ataques directos a la yugular.
Con esos tres movimientos en su contra, sin duda le cerraban todas las puertas a Amaya en Solsepia.
Rubén resultó ser un hombre despiadado; por un par de contestaciones, ya estaba intentando arruinarle la vida por completo.
Sentada en su nueva oficina del Estudio Eje, Amaya miró el paisaje del río por la ventana y sonrió ligeramente.
Era bueno, no cabía duda. Más sabe el diablo por viejo.
A diferencia de Diego rogando perdón o los berrinches de Josefa, Rubén iba en serio y no se andaba con juegos.
Si esto hubiera pasado antes, Amaya seguramente habría terminado hundida, teniendo que suplicarle a la familia Muñoz que la dejaran en paz.
Pero para la Amaya de ahora, esas tácticas no eran más que un chiste.
Con expresión tranquila, tocó la pantalla de su celular y marcó el conocido número de Aquilinia:
—Hermano, la familia Muñoz congeló mis cuentas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta