Era... ¡Amaya!
Tenía una mano en el bolsillo y vestía una gabardina color beige. Llevaba una boina blanca y se veía esbelta. Tenía un maquillaje impecable y sostenía un pequeño ramo de jazmines.
Estaba claro que había ido a recibir a alguien.
Y como el suyo era el último vuelo del día en Solsepia, era obvio que había ido por él.
Al pensar en eso, el corazón de Diego se llenó de emoción.
Sin embargo, al recordar que su presencia se debía seguramente a que por fin había cedido bajo la presión, se esforzó por calmar su entusiasmo.
Enderezó la espalda y, fingiendo indiferencia, caminó directo hacia donde estaba ella, manteniendo un rostro inexpresivo.
Amaya estaba sola en la salida del aeropuerto.
Originalmente, César la iba a acompañar, pero a medio camino recibió una llamada por una emergencia familiar y se tuvo que regresar. Así que al final, a Amaya le tocó ir a recibirlo sola.
Amaya estaba pensando en qué decirle a Romeo en cuanto lo viera.
De pronto, vio a lo lejos a una figura alta acercándose a paso firme. Ese rostro guapo y serio resaltaba demasiado entre la gente como para no notarlo.
¿Diego?
Amaya se sorprendió, pero antes de que pudiera darle vueltas al asunto, Diego ya estaba plantado frente a ella.
—Ami.
Dejó la maleta a un lado y, al ver que el abrigo de Amaya estaba un poco abierto, exponiendo sus clavículas, extendió la mano por instinto para acomodárselo:
—Es muy tarde, ¿por qué viniste hasta acá por mí?
Al notar la seguridad en su tono, a Amaya le dio algo de risa:
—Diego, ¿no me digas que crees que vine por ti?
Diego se quedó en blanco.
Ya era demasiado obvio, ¿acaso había otra opción?
Esa mujercita era tan terca... Era evidente que ya había doblado las manos, pero aun así insistía en portarse digna. Vaya que era...
Diego se frotó el puente de la nariz con resignación, y en un tono medio exasperado, pero cariñoso, le contestó:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta