Amaya ya no encontraba palabras para explicar el revuelo que traía por dentro.
En ese momento, solo deseaba que la fuerte lluvia se encargara de lavarle no solo el cuerpo, sino hasta el alma, y borrara para siempre el más mínimo recuerdo que quedara de Diego.
Le provocaba un asco tremendo saber que la esencia de él todavía la rondaba.
Y lo peor era que no podía permitirse la debilidad de revivir los momentos bonitos. Ceder, aunque fuera un segundo, habría sido traicionarse a sí misma por toda la chinga que se había llevado durante el embarazo y el parto.
¡Bum! Un trueno ensordecedor retumbó y un relámpago estalló a pocos metros de Amaya, haciendo saltar un charco de agua sucia.
Llevaba rato caminando sin rumbo, y a sus espaldas no se había escuchado ni el arranque de un motor. Diego nunca fue tras ella.
El mismo cabrón que, enfrente de todos los demás, se rasgaba las vestiduras con su "llueve a cántaros, Vera se va a empapar", fue el mismo infeliz que prefirió quedarse viéndola salir empapada del coche para caminar sola bajo la tormenta. Le valió gorro su seguridad.
La diferencia entre ser amada y ser un estorbo, nunca había sido tan descarada.
Recordar todo eso solo avivó la humillación, dejándola con un sentimiento desolador en el pecho.
Detenida en medio del aguacero, se puso a mirar a todos lados para tratar de ubicar en qué cruce estaba, pero...
...el chapoteo acelerado y pesado de unas pisadas empezó a ahogar el ruido constante de la lluvia a sus espaldas.
Segundos después, la lona oscura de un paraguas bloqueó los incesantes goterones que le caían encima.
Al levantar la mirada se topó de pronto con el rostro increíblemente atractivo de Romeo asomándose frente a ella.
El paraguas lo sostenía en ángulo, inclinándolo para que no le cayera ni una sola gota a ella. Venía sofocado, con el pecho agitándosele por haber recorrido esa distancia a toda carrera.
Él también traía una buena mojada: el cabello se le había pegado a la frente y el agua le resbalaba por la nariz, pero ni siquiera lo pensó cuando se quitó el saco del traje y se lo echó encima a Amaya con delicadeza pero con firmeza, cubriéndola para darle algo de calor.
—¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre caminar bajo este tormentón? ¡Apenas vas saliendo del parto, te vas a poner mal si te pesca un resfriado así!
La regañó Romeo, preocupado de verdad, y sin dejarla decir pío la tomó por la muñeca para obligarla a avanzar de prisa:
—Acá en la calle de adelante mi abuela tiene su casa. Camina, ahí vas a poder quitarte el frío un rato.
Apenas dio dos pasos, Amaya se dio cuenta de lo débil que se sentía y de que las piernas no le respondían.
Se tambaleaba mucho y hasta tropezaba mientras Romeo tiraba de ella a paso rápido.

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