Rubén soltó un puñetazo brutal contra el escritorio de Diego, dejando una abolladura profunda en la madera maciza.
—Diego, ¿con qué clase de mujer te fuiste a meter? —rugió, fuera de sí—.
—¡Nos ha dejado a todos en la calle, sacando los trapos sucios de la familia Muñoz! ¿Cómo diablos se enteró de cosas tan íntimas?
—¡Diego, me vas a dar una buena explicación en este instante!
Diego fulminó a su padre con la mirada. La furia que sentía por dentro era como una presa a punto de reventar, amenazando con ahogarlo.
Haciendo un esfuerzo titánico por controlarse, respondió con frialdad:
—¿No cree que primero debería explicarme usted lo de Ineta y esos tres hijos escondidos?
Rubén desvió la mirada al instante, incapaz de sostenerle los ojos a su hijo:
—Ese asunto… pensaba llevármelo a la tumba. ¡Nunca quise que ni tú, ni tus hermanas, ni tu madre se enteraran!
La bilis le subió a la garganta y volvió a golpear el escritorio:
—¡Y mira lo que haces! ¿De dónde sacaste a esa maldita arpía que filtró todo en internet? ¡Mi reputación está por los suelos por tu culpa!
Diego soltó una carcajada amarga:
—Me parece que el único culpable de arruinar su reputación es usted mismo.
—Si no quería que se supiera, no debió hacerlo. Cuando decidió traicionar a su esposa y a su familia, ¿no pensó que este día llegaría?
—Ahora mismo no le guardo ni un poco de rencor a Amaya, al contrario, debería darle las gracias. ¡Si no fuera por ella, mis hermanas, mi madre y yo seguiríamos engañados toda la vida!
Rubén se quedó atónito, sin poder dar crédito a lo que escuchaba:
—¿Qué dijiste? ¿Que le vas a dar las gracias?
—¡¿Cómo es posible que tenga un hijo tan ciego e idiota?!
Se dio la media vuelta, dándole la espalda a Diego, temblando de coraje.
—Lo mío con Ineta… es un asunto personal, ¡no les incumbe!
—Como sea, todo este desastre es culpa tuya y de tu mujercita. Te ordeno que hagas lo que tengas que hacer para limpiar este relajo en redes ahora mismo. ¡Si no lo arreglas, perderás tu derecho a heredar el Grupo Muñoz y no tendré piedad de ti!
Tras escupir esas palabras con el rostro desfigurado por el coraje, Rubén salió de la oficina dando un portazo.
Diego, consumido por la rabia, lanzó con furia su vaso contra la elegante vitrina que tenía detrás.
La estructura cedió y todas las antigüedades y botellas de colección cayeron al piso con gran estruendo. Los cristales volaron por los aires y el aroma a licor inundó la oficina.
El mundo entero se había vuelto loco, todo se estaba saliendo de control...
—¡Ay, Ami, qué bueno que te alejaste de esa familia! ¡Son un nido de víboras! Siempre vendiéndose como el matrimonio perfecto, ¡y todo era una maldita farsa!
Amaya sonrió levemente:
—Sí, qué impacto.
La carcajada escandalosa de Sofía resonó por la bocina:
—¡Mis papás y mis abuelos están pegados al internet leyendo los chismes! El Grupo Muñoz quiso bajar las noticias, ¡pero ni de broma! ¡Con estos escándalos, la gente está como perro con hueso, no sueltan el chisme ni un segundo!
—Ami, dime la verdad, ¿estos trapos sucios los sacó a la luz algún familiar tuyo? ¡Está buenísimo! ¡Soy su fan número uno!
Amaya se rió:
—Adivina...
Sofía respondió con seguridad:
—Con eso me dices todo, ¡seguro que sí! ¡Jajaja!
Mientras echaban chisme, alguien tocó la puerta de la oficina.
Romeo, vestido con una impecable camisa blanca, entró acompañado de un joven con camisa azul claro, maletín en mano y unos lentes de armazón dorado.

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