¡Lo que Vera tenía en la mano era un cuchillo de cocina muy afilado!
El metal brilló bajo la luz, y las pupilas de Amaya se contrayeron por el pánico. Soltó un grito:
—¡Vera, estás loca!
—¡Sí! ¡Estoy loca! ¡Te voy a matar! ¡Tú tienes la culpa de que yo esté así!
Con una mirada cargada de odio y sin pensarlo dos veces, Vera intentó apuñalar a Amaya con todas sus fuerzas.
Unos minutos antes, en la oficina de Romeo, había hecho un berrinche tremendo, rogándole perdón, tirándose al piso y dándose cachetadas de arrepentimiento... pero no sirvió de nada. Romeo se mantuvo frío y firme con el divorcio.
Además, le había dejado claro que, si alargaba el proceso, no le daría ni un peso de indemnización y la dejaría en la calle.
Solo por el dinero, Vera no tuvo más remedio que estampar su firma en los papeles del divorcio.
Sin embargo, el resentimiento crecía en su pecho como maleza salvaje.
Sobre todo al pensar que, ahora que Romeo estaba soltero y trabajaría de cerca con Amaya, terminarían juntos. La simple idea le carcomía las entrañas.
Al pasar por la cafetería, vio ese cuchillo y, en un arranque de locura, se lo guardó en la ropa.
Ya no le importaba nada; en ese momento solo quería atravesar a Amaya con una puñalada.
Si ella no podía quedarse con ese hombre, tampoco iba a dejar que Amaya lo tuviera.
¿Por qué demonios Amaya tenía que quedarse siempre con lo mejor?
Cuanto más lo pensaba, más coraje le daba, y más rápido atacaba.
Lanzó puñaladas desesperadas hacia ella. Afortunadamente, Beatriz Ibarra siempre le había exigido a Amaya estar en forma; de niña la mandaba a campamentos de defensa personal, así que sabía pelear muy bien.
Al ver venir el filo, Amaya se hizo a un lado, dio un ágil salto hacia atrás y se zafó del agarre con total facilidad.
Vera seguía soltando navajazos al aire sin atinarle a nada. Ciega de rabia, agarró el cuchillo con más fuerza y se abalanzó contra ella.
Vera se retorcía en el piso como un pez fuera del agua, sin dejar de escupir maldiciones e insultos.
—¡Cállate! —le gritó Amaya, agarrándola del cabello para obligarla a levantar la cabeza—. Al parecer, no entiendes por las buenas. Ya que vienes a buscar problemas, ¡no te voy a tener lástima!
Levantó la mano y le soltó una bofetada con todas sus fuerzas.
El sonido de las cachetadas resonó con fuerza por todo el pasillo.
La cara de Vera se hinchó en cuestión de segundos. Se le rompió el labio, le salía sangre de la nariz y los ojos se le empezaron a poner morados de inmediato.
El maquillaje impecable que traía se mezcló con la sangre y las lágrimas; su rostro quedó irreconocible.
Después de darle una golpiza, Amaya la soltó y se levantó como si nada.
La miró con frialdad desde arriba:
—Vera, con ese primer ataque, si no me hubiera quitado a tiempo, la que estaría tirada en el piso sería yo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta