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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 216

—No quería meterme contigo, pero cometiste el gravísimo error de jugar con mi vida.

—Si te di esta golpiza fue para que te quede muy claro: yo, Amaya, no me dejo de nadie. ¡No me vas a matar tan fácil! Y si me toca morir, será porque el destino lo quiso, no por ti.

Vera estaba completamente aturdida. Tirada en el piso, veía estrellitas y le dolía tanto el cuerpo que apenas podía emitir sonido.

Romeo escuchó las palabras de Amaya, vio el cuchillo en el suelo y entendió la gravedad del asunto. Su mirada se volvió de hielo.

Nunca se imaginó que Vera fuera capaz de cometer semejante estupidez como intentar asesinar a alguien con un arma blanca.

Seguir casado un solo día más con una mujer así le resultaba completamente insoportable.

Romeo miró a Amaya con asombro. Tampoco se esperaba que ella, que siempre parecía tan delicada, fuera tan letal y decidida al pelear. Sus movimientos habían sido tan técnicos y fluidos que era evidente que tenía mucho entrenamiento.

Romeo se acercó, y su voz delataba un ligero temblor:

—Amaya, ¿qué pasó? ¿Llamamos a la policía?

Amaya negó con la cabeza, agarró unas toallas de papel del dispensador y se limpió las manos con asco:

—De repente sacó el cuchillo e intentó apuñalarme, me tuve que defender. No creo que haga falta la policía, ya le di una buena lección.

A esas alturas, Vera estaba tan golpeada que se quedó quieta en el suelo, completamente dócil.

Toda la determinación inicial que tenía de matar a Amaya se había convertido en un profundo arrepentimiento.

Jamás calculó que Amaya fuera tan buena peleando; ni siquiera con un arma en la mano pudo hacerle frente.

Le había salido el tiro por la culata, y de paso, había perdido la poca dignidad que le quedaba frente a Romeo.

Romeo miró con desprecio a Vera, que seguía tirada y viéndose patética. El asco que sentía llegó a su punto máximo:

—Vera, alguna vez creí que eras una mujer tierna y amable, pero ya veo que era pura fachada. En el fondo, eres egoísta, venenosa, superficial y completamente ignorante.

—¡Si hoy le hubieras hecho daño a Amaya, te habrían acusado de intento de homicidio y estarías en la cárcel! ¿Es que no tienes cerebro?

Romeo frunció el ceño. Verla un segundo más le causaba nauseas.

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