—No quería meterme contigo, pero cometiste el gravísimo error de jugar con mi vida.
—Si te di esta golpiza fue para que te quede muy claro: yo, Amaya, no me dejo de nadie. ¡No me vas a matar tan fácil! Y si me toca morir, será porque el destino lo quiso, no por ti.
Vera estaba completamente aturdida. Tirada en el piso, veía estrellitas y le dolía tanto el cuerpo que apenas podía emitir sonido.
Romeo escuchó las palabras de Amaya, vio el cuchillo en el suelo y entendió la gravedad del asunto. Su mirada se volvió de hielo.
Nunca se imaginó que Vera fuera capaz de cometer semejante estupidez como intentar asesinar a alguien con un arma blanca.
Seguir casado un solo día más con una mujer así le resultaba completamente insoportable.
Romeo miró a Amaya con asombro. Tampoco se esperaba que ella, que siempre parecía tan delicada, fuera tan letal y decidida al pelear. Sus movimientos habían sido tan técnicos y fluidos que era evidente que tenía mucho entrenamiento.
Romeo se acercó, y su voz delataba un ligero temblor:
—Amaya, ¿qué pasó? ¿Llamamos a la policía?
Amaya negó con la cabeza, agarró unas toallas de papel del dispensador y se limpió las manos con asco:
—De repente sacó el cuchillo e intentó apuñalarme, me tuve que defender. No creo que haga falta la policía, ya le di una buena lección.
A esas alturas, Vera estaba tan golpeada que se quedó quieta en el suelo, completamente dócil.
Toda la determinación inicial que tenía de matar a Amaya se había convertido en un profundo arrepentimiento.
Jamás calculó que Amaya fuera tan buena peleando; ni siquiera con un arma en la mano pudo hacerle frente.
Le había salido el tiro por la culata, y de paso, había perdido la poca dignidad que le quedaba frente a Romeo.
Romeo miró con desprecio a Vera, que seguía tirada y viéndose patética. El asco que sentía llegó a su punto máximo:
—Vera, alguna vez creí que eras una mujer tierna y amable, pero ya veo que era pura fachada. En el fondo, eres egoísta, venenosa, superficial y completamente ignorante.
—¡Si hoy le hubieras hecho daño a Amaya, te habrían acusado de intento de homicidio y estarías en la cárcel! ¿Es que no tienes cerebro?
Romeo frunció el ceño. Verla un segundo más le causaba nauseas.

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