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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 218

—Por favor, no me dejes, ¿sí? Dame una oportunidad más. Te juro que, a partir de ahora, vas a ser mi máxima prioridad. No te voy a volver a cambiar por nadie, ¡te lo juro!

—Perdóname esta vez, ¿de acuerdo? De verdad ya entendí mi error, estoy súper arrepentido. Vera me vio la cara de estúpido, ¡yo tuve la culpa!

Diego no paraba de soltar palabras, dejando salir todo lo que tenía guardado.

Animado por el alcohol, empezó a desahogarse, soltando el peso de los sentimientos que llevaba semanas acumulando.

Eran cosas que, completamente sobrio, jamás se habría atrevido a decir en voz alta.

Pero ahora, a medio camino entre la embriaguez y la lucidez, las disculpas que llevaba tanto tiempo reprimiendo le salían con suma naturalidad.

Desde que descubrió la verdadera faceta de Vera y todas sus canalladas, se había estado lamentando día tras día.

Ya se había dado cuenta perfectamente del tipo de persona que era, y estaba cien por ciento decidido a cortar cualquier vínculo con ella para siempre.

Necesitaba desesperadamente que Amaya lo escuchara y aceptara su error; no quería perder su matrimonio ni a su hija... De hecho, su plan original era emborracharse e ir a buscarla.

Jamás se imaginó que, por pura coincidencia, se la toparía en ese mismo lugar.

Al escuchar sus lamentos, Amaya no sintió ni una gota de empatía; por el contrario, sintió una ironía indescriptible.

¿Por fin se había dado de topes contra la pared y quería regresar arrepentido?

Al parecer, él era un poquito más consciente de la realidad que Vera.

Lástima que, para cuando quiso dar marcha atrás, Amaya ya no estaba en el mismo sitio esperándolo.

Todo ese amor infinito que alguna vez le tuvo se había esfumado por completo tras sufrir una decepción tras otra.

Harta de la situación, Amaya intentó reprimir sus emociones:

Pero ahora que Amaya lo iba a demandar por derechos de autor, le estaba cortando las alas de golpe... No se podía dar el lujo de perder el juicio, era impensable.

Ya fuera por su familia o por su empresa, solo tenía un objetivo en mente: tenía que reconciliarse con Amaya a como diera lugar.

Al pensar en todo esto y ver el rechazo total en la mirada de Amaya, Diego respiró profundo. Instintivamente, sus rodillas empezaron a ceder.

En toda su vida jamás se había humillado de esa forma ante nadie, pero con tal de salvar su matrimonio y mantener a su familia unida, estaba dispuesto a tirarse al piso y rogar el perdón de Amaya...

Diego cerró los ojos y, tragándose su orgullo, estuvo a punto de suplicarle de rodillas.

Sin embargo, justo en ese instante, una risa cargada de desprecio sonó a sus espaldas:

—Diego, ¿de verdad te le vas a arrodillar a una mujer para pedirle perdón? ¡No manches! Es solo una vieja, si se divorcian, pues ya ni modo. Tampoco es el fin del mundo. Neta que me das lástima...

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