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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 220

—Pero que toda su familia trate así a una mujer que lleva cinco años casada con ustedes, que les dio una hija... es simplemente indignante.

—Escúchame bien, Melina. A partir de este momento, voy a respaldar a Amaya en su divorcio con Diego como si fuera su familia. Todos los bienes que les corresponden a ella y a su hija se van a dividir conforme a la ley... De lo contrario, usaré todo el peso de la familia Ortega para hundir a la familia Muñoz.

Las palabras de Romeo resonaron con firmeza y contundencia.

Amaya, que estaba detrás de él, se quedó boquiabierta, sintiendo una conmoción que no podía describir.

Romeo... ¿estaba dando la cara por ella en su divorcio, al punto de arriesgar el nombre de toda su familia para enfrentarse a la familia Muñoz?

Pero... si apenas se conocían y, de hecho, se habían visto contadas veces.

Al hacer algo así, ¿no le daba miedo la presión que le iba a caer encima?

Después de todo, aunque el Grupo Muñoz no tuviera el mismo poder económico que la familia Ortega en términos generales, su negocio inmobiliario estaba en pleno apogeo y su influencia no era para tomarse a la ligera.

Que Romeo apostara los intereses de toda su familia por su divorcio... era un favor demasiado grande.

Minutos antes, los ojos de Melina brillaban cada vez que miraban a Romeo.

Pero esas palabras la hicieron aterrizar de golpe. La emoción que sentía en el pecho se esfumó y fue reemplazada por una rabia sin precedentes:

—Romeo, ¿qué... qué estás diciendo?

—¿La estás respaldando públicamente solo para ayudar a esta cualquiera a sacarnos dinero? ¿Desde cuándo te llevas tan bien con ella?

—Además, no lo olvides, eres un hombre casado. Eres el esposo de mi prima, ¿cómo te atreves a hacer algo así? ¿No te da miedo que te acaben a críticas?

Melina gritaba descontrolada, olvidando por completo el significado de la palabra «educación».

—Tu prima y yo ya disolvimos nuestro matrimonio. Vuelvo a ser soltero —respondió Romeo.

Ante esa revelación, Melina se quedó paralizada. Diego levantó la cabeza de golpe y miró a Romeo, incrédulo:

—¿Cuándo? No es posible, ¿cómo pudo ser tan rápido?

El acta de divorcio de Romeo seguía en su bolsillo, recién salida del horno.

Al ver que no le creían, Romeo no lo pensó dos veces: sacó el documento del bolsillo y se los mostró. Su mirada era fría y su tono distante:

—¿Ya lo vieron?

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