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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 221

Diego se quedó parado frente a la pesada puerta del privado.

Al escuchar las risas y los aplausos provenientes del interior, esa sensación de aislamiento, de haber sido abandonado por el mundo entero, lo invadió nuevamente.

Melina, al verlo con esa cara de derrota, sintió que le hervía la sangre de coraje por verlo tan rendido. Lo jaló bruscamente del brazo:

—¡Diego, reacciona, por el amor de Dios! ¿Qué le ves a esa mujer que te tiene tan apendejado?

—Ya no te quedes ahí parado. Vámonos a la casa y platicamos bien cómo le vamos a dar una lección, ¡porque de verdad ya no la soporto!

Diego no explotó como solía hacerlo. Simplemente bajó la mirada hacia la mano de Melina, que le había arrugado la manga, y la miró con ojos fríos como el hielo:

—Melina, en mis asuntos no se mete nadie de la familia Muñoz.

—Y te lo advierto: ahora que regresaste, más te vale estarte tranquilita y no ir a buscarle problemas a Amaya. O te juro que no me voy a tentar el corazón.

No alzó la voz, pero su tono cargaba toda la autoridad de alguien acostumbrado a mandar.

Melina palideció de coraje, incapaz de decir nada, mientras lo veía darse la media vuelta y desaparecer a zancadas por el final del pasillo.

Diego se subió a su coche, pero no encendió el motor de inmediato.

Cerró los ojos y su mente se llenó de la expresión tajante de Amaya.

La próxima semana sería la audiencia de su divorcio...

Esa idea colgaba sobre su cabeza como una sentencia de muerte.

Él, Diego, era un tiburón en los negocios, acostumbrado a tenerlo todo bajo control y a calcular cada variable a su favor.

Pero Amaya se había convertido en un factor completamente fuera de su dominio.

Parecía que la suerte estaba de su lado; cada movimiento de ella era rápido, preciso y letal, sin dejarle ni un solo espacio para maniobrar.

Y algo que nunca imaginó fue que, a pesar de haber amenazado a todo el gremio de abogados para que nadie tomara el caso de Amaya, Marcos aceptó defenderla justo en el peor momento.

Él, como su yerno, nunca le había ayudado a resolver ningún problema. Tal vez esa era la oportunidad que necesitaba.

Diego no perdió el tiempo.

A la mañana siguiente, un lujoso Maybach negro se estacionó frente a la construcción de Oro & Noche.

Diego bajó del coche, luciendo un traje de diseñador a la medida que desentonaba por completo con el polvo que flotaba en el aire.

Caminó directo hacia el grupo de albañiles que estaba tomando un descanso.

Sin rodeos, su asistente se adelantó y le entregó a cada trabajador una cajetilla de cigarros y un desayuno bastante surtido.

—Buen día, señores. Soy Diego, el yerno de la dueña del lugar —dijo con voz firme y segura—.

—Todos los gastos de esta remodelación corren por mi cuenta. Hoy vine a pedirles personalmente que aceleren los trabajos. Yo les garantizo que su pago saldrá en tiempo y forma.

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