La que gritaba era Josefa.
Al enterarse de que Diego llevaba una semana entera sin ir a la empresa por quedarse de supervisor en la construcción de Oro & Noche, Josefa enfureció a tal grado que arrastró a Melina hasta la obra con intenciones de hacer un escándalo.
Apenas subían las escaleras cuando escucharon la condición que Beatriz le estaba poniendo a Diego. Josefa sintió que le iba a dar un infarto del coraje.
Llegó hecha una furia, se paró frente a Beatriz con las manos en la cintura y, a pesar de ser más baja de estatura, se paró de puntitas para imponer autoridad:
—¡Beatriz! ¡Te crees muy importante tú y tu hija!
—¿De verdad piensas que mi hijo se va a morir sin tu hija? ¡Te aviso que hay filas de señoritas de buena familia desde Solsepia hasta Clarosol queriendo casarse con él! ¿Y todavía quieres que toda mi familia te pida perdón? ¡Por favor! ¡Qué descarada eres!
Beatriz se quedó inmóvil, se cruzó de brazos y la miró de arriba abajo con total tranquilidad:
—Josefa, te sugiero que te ubiques. Es tu hijo el que anda arrastrándose detrás de mi hija, rogándole que no lo deje.
—Y en cuanto a sus disculpas, me tienen sin cuidado. Porque con todas las porquerías que le han hecho, ni aunque se hinquen frente a mí las voy a perdonar en esta vida.
Josefa se quedó sin palabras.
Quiso contestarle, abrió la boca, pero se dio cuenta de que no tenía cómo defenderse.
Era evidente que Amaya había armado todo ese circo mediático con el único propósito de divorciarse.
El problema era su tonto hijo. Antes ni siquiera parecía importarle Amaya, y ahora que ella lo iba a dejar, se aferraba como loco, al punto de venir a rebajarse como albañil en el negocio de su suegra. Era para morirse de coraje.
Al ver que su madre no sabía qué decir, Melina dio un paso al frente con una sonrisa burlona:
Pero Melina lo interrumpió de golpe:
—¡Si quiere el divorcio, esas son las condiciones! Si no, ¡que Amaya agarre a su hija, regrese calladita a la casa de los Muñoz y se ponga a trabajar y a criar a la niña como debe ser!
—¡Con el nivel que tienen ustedes los Ibarra, de milagro pudo entrar a la familia Muñoz! ¡Todavía querían boda! Que mis papás hayan aceptado que entrara a la casa ya fue demasiada caridad.
—Beatriz, ¡habrá cosas que mis papás o mi hermano no te dirán por educación, pero yo sí! En todo Solsepia, con la clase social que tienen, ¡nadie las aceptaría! Y para colmo, a nuestra familia le iba muy bien, pero desde que tu hija dio a luz, la familia Muñoz se la ha pasado entre problemas y chismes. Con razón dicen que uno debe casarse con mujeres que sumen, no que resten...
Melina no paraba de escupir veneno, manoteando y con una expresión que irradiaba la típica arrogancia de quien se cree superior.
Al escucharla, Josefa aplaudía internamente. Ella no era rápida para pensar y siempre perdía en las discusiones.
Pero para lidiar con mujeres como Beatriz, su hija y su lengua afilada eran la mejor arma... Haberla hecho regresar desde Aquilinia había sido la mejor decisión.

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