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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 235

Esas palabras cayeron como un balde de agua fría, silenciando al instante el animado ambiente de los brindis.

El aire pareció volverse pesado, al punto en que hasta la respiración de los presentes se escuchaba con claridad.

El rostro de Amaya se ensombreció de inmediato, y los nudillos se le pusieron blancos de lo fuerte que apretaba la copa.

Por su parte, Romeo dejó de golpetear el cristal con los dedos. Levantó la vista hacia Diego, con un brillo helado y amenazante en los ojos.

Diego se tomó de un solo trago el resto del vino que quedaba en la copa de Amaya. Luego, se sirvió más por su cuenta y se dirigió a la desconcertada multitud:

—Les agradezco a todos por reconocer el talento de mi mujer. Es un honor que se tiene bien ganado. Brindaré con ustedes en su nombre.

Dicho esto, se tomó otra copa de golpe.

Con el alcohol subiéndosele a la cabeza, la poca vergüenza que le quedaba fue aplastada por la vanidad, siendo reemplazada por una necesidad casi enfermiza de presumir.

Estiró el brazo frente a todos, rodeó los hombros de Amaya y la jaló hacia él a la fuerza, luciendo una sonrisa llena de presunción:

—Me llena de orgullo que mi esposa haya logrado tanto éxito. De ahora en adelante, les encargo mucho que la sigan apoyando.

Amaya bajó la mirada, ocultando el profundo asco que sentía bajo sus largas pestañas, mientras se clavaba las uñas en las palmas de las manos casi hasta sangrar.

Recordaba muy bien que, en otras fiestas corporativas similares, Diego siempre había sido un tacaño con los tragos para sí mismo y siempre la empujaba a ella para que bebiera en su lugar, con la excusa de que necesitaba «foguearse».

Verlo ahora, actuando de forma tan zalamera, como si ella fuera su tesoro más preciado, le resultaba ridículo y sumamente hipócrita.

El incómodo silencio duró unos segundos hasta que los invitados salieron de su asombro. Acto seguido, comenzaron a lanzar «halagos» que llevaban mucho veneno escondido.

—Señor Muñoz, ¿así que la arquitecta May es su esposa? Si no me falla la memoria, su señora era solo una oficinista común en el Grupo Muñoz, ¿o me equivoco?

—Es verdad, yo tuve el gusto de conocer a la diseñadora May hace tiempo, y en aquel entonces el señor Muñoz dijo, restándole importancia, que era una simple dibujante de la empresa.

—Ahora que lo mencionan, yo también lo recuerdo. El señor Muñoz siempre ha sido muy reservado y nunca presentaba a su esposa en público. Lo que no entiendo es, si May es su amada mujer, ¿por qué todos esos diseños tan increíbles terminaron en manos de otras empresas?

Los comentarios de la gente parecían amables, pero cada palabra llevaba un veneno insoportable.

Entre todos, fueron quitándole la máscara de hipocresía a Diego, dejándolo en evidencia y haciendo que su rostro pasara por todos los colores posibles.

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