—No solo me gusta, ¡me fascina! Ahorita es como mi mejor aliado. Después de un día pesado, me subo, me acomodo en el asiento, y esa sensación de seguridad hace que se me quite todo el cansancio.
Al escuchar la palabra «hombre», la sonrisa de Romeo se hizo un poco más evidente:
—Pues parece que elegimos muy bien a ese «hombre».
—En realidad, elegir coche es como elegir hombre. Algunos se ven increíbles por fuera, pero a la hora de la hora te dejan tirada; otros son muy aguantadores, pero no encajan con tu estilo. Encontrar uno que se vea bien, que funcione perfecto y que además te encante, está cañón.
Volteó a verla, dirigiéndole una mirada profunda, y agregó con un tono sincero:
—Felicidades por dejar atrás ese coche viejo y tener el que de verdad querías. Estoy seguro de que, de ahora en adelante, tu camino será tan suave y seguro como este auto, sin más baches.
Esa combinación de halago y doble sentido hizo que Amaya se pusiera de un humor excelente, y su sonrisa se ensanchó aún más.
Entre la plática, llegaron a la plaza sin darse cuenta.
Siguieron los letreros y pronto encontraron ese nuevo restaurante internacional en el tercer piso del centro comercial.
Sin importarle las quejas de Amaya, Romeo pidió todos los platillos principales del menú.
Al ver tanta variedad de comida frente a ella, a Amaya se le abrió el apetito. Se transformó en una verdadera experta, disfrutando cada bocado como nunca.
Después de la agradable cena, se dirigieron a la tienda de bebés.
Amaya llevaba mucho tiempo sin comprarle cosas a Renata. Apenas cruzó la puerta y vio la ropita, los zapatitos y todos los accesorios para bebé, se emocionó por completo y empezó a revisar todo con cuidado.
Romeo iba detrás de ella, con un semblante tranquilo. Hacía un gran esfuerzo por actuar normal, pero cada vez que veía algo azul en la tienda, sentía una punzada en el corazón.
Trató de despejar su mente y de inmediato cambió de tema, señalando un «castillito» que estaba a unos metros:
—A las princesas les encantan los castillos. Le voy a regalar uno a Renata. En un par de meses que esté más grandecita, le va a quedar perfecto para gatear.
—Romeo, de verdad no tenías que gastar tanto. El regalo de la vez pasada ya fue carísimo, y ahora esto...
Romeo la interrumpió con una sonrisa:
—Ami, ¿otra vez tratándome como si fuera un extraño?
—No te preocupes, luego me arreglo con tu hermano para irnos a medias con el castillo, será un regalo de parte de los dos. Sigue viendo qué más hay; si hace falta otra cosa, la compramos entre los dos. Tómalo como un detalle de nuestra parte, como los tíos consentidores.
A Amaya no le quedó de otra más que aceptar el gesto.
Después de eso, eligió algunos accesorios básicos, ropa y zapatitos para Renata, mientras Romeo la seguía a todas partes.
Estaban tan concentrados en las compras que ninguno de los dos se dio cuenta de que, a unos cuantos metros a sus espaldas, había un par de ojos clavados en ellos, ¡lanzándoles una mirada llena de un odio profundo y venenoso!

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