El rostro de Amaya se llenó de ternura al verla. Se acercó enseguida y tomó a Renata en brazos.
Beatriz, al ver la montaña de bolsas que traía, frunció un poco el ceño.
—La niña todavía está muy chiquita, ¿para qué le compras tanta cosa? El dinero no crece en los árboles, no lo desperdicies.
Amaya le sonrió dulcemente.
—No los compré yo, mamá. Fue Romeo, dijo que como Reni ya casi cumple los primeros tres meses, él y mi hermano se pusieron de acuerdo para traerle todos estos regalos.
Y añadió:
—Aparte de todo esto, le compraron un castillo de juegos enorme. Yo creo que no tarda en llegar el camión.
Al escuchar eso, a Beatriz se le dibujó una sonrisa.
—Ese muchacho de los Ortega sigue siendo igual de detallista que cuando era niño. A tu hermano jamás se le ocurrirían estas cosas, de seguro Romeo tuvo que andarle recordando.
Amaya bajó la mirada, jugando con la bebé mientras sonreía.
—Sí, la verdad es muy buena persona, y mi hermano también. Por algo mi hermano lo estima tanto, no se junta con cualquiera.
Justo en ese momento, sonó su celular. Era de la paquetería.
Amaya contestó, y del otro lado se escuchó la voz de un hombre.
—Buenas noches, señorita Ibarra. El castillo infantil que ordenó el señor Muñoz ya está en la puerta de su casa, ¿sería tan amable de salir a firmar de recibido?
¿El señor Muñoz?
Amaya frunció el ceño, confundida.
—¿No se habrán equivocado de dirección? El que hizo el pedido fue el señor Ortega, no sé por qué me dice señor Muñoz.
Hubo un silencio en la línea, como si el repartidor le estuviera preguntando a alguien más, y a los pocos segundos volvió a hablar.
—Señorita Ibarra, ya lo chequé otra vez y sí, viene a nombre del señor Muñoz. De hecho, él mismo está aquí afuera.
¡¿Qué?!
Amaya agarró el ramo, pero no había ni una pizca de alegría en su rostro. Lo miró con una expresión vacía y, sin decir palabra, levantó el brazo y aventó las flores al aire con todas sus fuerzas.
El ramo de girasoles se deshizo; los pétalos que apenas un segundo antes se veían radiantes terminaron aplastados contra el suelo de mármol frío, marchitándose al instante entre hojas y tallos rotos.
Un par de flores le pegaron directo en la cara y el pecho a Diego; las ramas le rasparon la piel, dejándole un ardor insoportable.
Diego ya ni siquiera sabía explicar cuánto le dolía el corazón, simplemente se sentía entumecido.
Se esperaba una reacción así, pero verla portarse tan fría con él después de haberla visto tan feliz con Romeo le cortaba la respiración.
Ahora, no solo había dejado de quererlo, sino que hasta los girasoles, que antes eran sus favoritos, le daban asco.
—¿Por qué tienes que hacer estos berrinches inútiles cuando ya no nos queda nada, Diego? —le reclamó Amaya, con la mirada como hielo. No tenía ganas de seguir perdiendo el tiempo con él, así que se dio la vuelta para cerrarle la puerta en la cara.
Diego se sobó la frente, y, justo cuando ella le daba la espalda, soltó en voz baja:
—Si lo hago yo es un berrinche inútil, pero si lo hace Romeo, se lo aplaudes. A todo esto, la niña... ¿es mía o...?

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