Leonor y Paula las observaban desde un rincón, compartiendo una mirada de repulsión y tristeza.
—Mamá, por favor, ¿pueden bajar la voz? —intervino Leonor, con dolor en el rostro—. Alguien murió. ¿Les parece motivo de celebración? ¿No sienten que esto es...?
Las demás la miraron como si fuera una traidora. Paula le jaló la manga para que no dijera más.
Melina resopló con desdén.
—Ay, pobrecita, defendiendo a Amaya. Ella se buscó su muerte, fue el karma. Además, ¿no querías adoptar un niño? Ahora esa niña no tiene a nadie. Diego la traerá, la abuela no podrá impedirlo, y como él seguramente se volverá a casar, tú puedes quedarte con la cría. Problema resuelto.
Al principio, a Leonor le asqueaba la crueldad de su familia, pero las palabras de Melina encendieron una chispa en ella. Siempre había querido criar a Renata, pero Amaya nunca se lo permitió. Con Amaya muerta, ella podría ser la madre perfecta. Ese pensamiento la hizo sonreír.

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