Amaya le dirigió una mirada gélida. Sin articular ni una sola respuesta, tomó a Romeo del brazo y entró a la casa, dejando a Diego completamente aislado en la calle.
Diego se quedó clavado en su lugar, con la vista fija en las espaldas de ambos, mientras la rabia y el coraje le ardían en el pecho.
¿Por qué tenía que ser así?
Se suponía que él era el esposo legítimo, y aun así lo trataban como a un extraño al que le cerraban la puerta en la cara.
¿Y Romeo? ¡Él entraba a la casa de la familia Ibarra con toda la naturalidad del mundo!
A pesar del enorme disgusto que sentía, frente a Beatriz tuvo que tragarse el orgullo y la siguió con actitud sumisa.
—Suegra —murmuró, bajando la mirada; soltó el término por pura costumbre.
Beatriz lo observó sin una gota de compasión, solo con un profundo y evidente rechazo.
No le permitió pasar. Ni siquiera se dignó a mirarlo a los ojos; se quedó de pie en los escalones, evaluando con desdén al hombre que pronto dejaría de ser su yerno.
—No me digas «suegra» —soltó ella—. Me da asco escucharlo.
Diego se tensó por completo, levantó la cabeza y la miró, incrédulo.
—Es que... de verdad no quiero perder a Amaya ni a mi hija...
—¿Que no quieres perderlas?
Beatriz sonrió con ironía, como si acabara de escuchar el chiste del siglo.
—Diego, ¿tu forma de «no querer perderla» es llevarla al límite una y otra vez? ¿Volver su vida un infierno en el que no puede tener paz?
—¿A poco crees que viéndote así de patético me vas a dar lástima?
Dio un paso hacia el frente. No levantó la voz, pero cada palabra fue como una puñalada directa en donde más le dolía a él.
—Hace cinco años me opuse a que se casaran porque sabía cómo era la familia Muñoz: todos son unos egoístas sin corazón. Tu prepotencia y tu falta de empatía las traes en la sangre.
—Estos cinco años vi cómo menospreciaban a mi Ami en tu casa. Vi cómo tu madre le hizo la vida imposible hasta dejarla en los huesos, y vi cómo tú te aprovechabas de ella en el trabajo, exprimiéndola con la excusa de que la estabas «formando». ¿Dónde estaba tu «no quiero perderla» en ese entonces? ¿Cuántas veces te tiré indirectas cuando venías a visitarnos para que la trataras mejor? ¿Acaso me hiciste caso una sola vez?
—Ahora que por fin abrió los ojos y quiere salir de ese hoyo, ¿vienes a hacerte el sufrido y el enamorado?
Diego palideció. Le temblaban los labios en un intento por defenderse, pero se dio cuenta de que no tenía ningún argumento para contradecirla.
Todo el daño que había causado se sintió como una piedra enorme sobre su pecho que no lo dejaba respirar.
—¿Entonces ya no hay remedio entre Amaya y yo?

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