Beatriz reaccionó y le contestó con sequedad:
—Lléveselo de vuelta. Dígales en la tienda que lo rechazamos y que se arreglen con quien lo pagó.
***
Adentro, en la sala, Amaya andaba buscando el botiquín de primeros auxilios.
Romeo no había salido ileso: tenía moretones en la boca y cerca del ojo, además de raspones en los brazos por las piedras del suelo.
Amaya empapó un algodón con antiséptico y empezó a limpiarle las heridas con mucho cuidado, mostrando una evidente culpa en cada movimiento:
—Perdóname, Romeo. Te metí en todo este desastre. Si hubiera sabido que Diego se iba a poner en ese plan contigo, créeme que me hubiera mantenido a kilómetros de distancia.
Romeo se rió levemente, tratando de quitarle peso al asunto:
—Ami, uno tiene que vivir sin preocuparse por lo que piensen los demás, si no, te desgastas. Además, quién iba a imaginarse que yo era el dueño de Estudio Eje y que tú eras May. Las casualidades pasan, hay que aceptar las cosas buenas y ya, no te mortifiques.
Amaya se quedó pensando un segundo y luego se relajó.
Era verdad. El destino se acomodaba a su manera y nadie podía predecirlo.
Si ya había decidido divorciarse, ¿qué caso tenía darle vueltas a lo que opinara la gente? Solo debía concentrarse en salir adelante. Lo que Diego pensara ya era problema de él.
—Tienes razón. No podemos controlar a los demás, solo nos queda hacer las cosas bien.
A Amaya se le fue bajando el coraje y compartió una sonrisa con Romeo.
En ese preciso instante, Beatriz abrió la puerta. Al verlos a los dos sonriendo con tanta naturalidad, sintió un vuelco en el pecho.
—Romeo, ¿ya te curaron bien? Ya es bastante tarde, deberías irte a descansar.
Su tono de voz llevaba una sutil pero clara advertencia.
Como Romeo captaba las indirectas al vuelo, se levantó enseguida para despedirse:
—Señora Ibarra, ya quedé como nuevo. Una disculpa por todo el escándalo de hoy. Con permiso.
Tras acompañar a Romeo a la salida, Amaya regresó a la sala. Beatriz seguía ahí sentada, con la mirada seria.
—Ami... eso que traes con Romeo...
—Mamá, por favor, ni te mortifiques.
Amaya la interrumpió de inmediato, hablando con mucha seguridad:
—Ahorita no tengo cabeza para ningún hombre. Lo único que me interesa es salir adelante con mi trabajo y dedicarme a criar a Renata.
Beatriz la observó y, por fin, se le relajaron las facciones:
—No lo digo por molestar, solo que no quiero que vuelvas a tropezar con la misma piedra. Si no hay nada ahí, me quedo más tranquila.
Hizo una pausa y luego le habló con un tono muy maternal:


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