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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 247

Era como si un largo y desgastante juego de estira y afloja hubiera llegado a su fin; los dos ya estaban agotados, y de repente, el otro simplemente había soltado la cuerda.

En ese instante, Amaya no sintió el alivio que esperaba, sino un vacío repentino, como si estuviera en caída libre.

Su corazón, que había estado pendiendo de un hilo todo ese tiempo, de pronto se estrelló contra el piso, dejándole una sensación de vacío imposible de describir.

Tras un largo silencio, tecleó una sola frase como respuesta:

[Está bien.]

En la sala de la casa en Villa Los Olivos, Diego estaba sentado a solas.

Ya se había acabado la botella de vino que tenía enfrente, y en la copa solo quedaba un trago.

La ventana estaba de par en par. El aire frío de la noche entraba golpeándolo, helándole los huesos, pero ni así se le bajaba la ansiedad y la desesperación que sentía.

Se la había pasado escribiendo y borrando en el celular, con los nudillos blancos de la tensión, hasta que por fin le mandó esas dos líneas.

Se imaginaba que Amaya se sentiría liberada o que a lo mejor le mentaría la madre en un ataque de histeria.

Lo único que no previó fue que la respuesta sería un simple «Está bien», frío y sin una sola gota de emoción.

Así que eso era llegar al final de una relación: todo se volvía tajante y definitivo.

Hasta pelear salía sobrando; ya no quedaba más que un silencio absoluto.

Diego se quedó mirando el mensaje en la pantalla hasta que le ardieron los ojos, sintiendo un nudo en la garganta y las lágrimas a punto de salir.

Se quedó tieso en el sillón, en silencio, como si fuera una estatua, rodeado de un aura de pesimismo y derrota que asfixiaba.

El viento tiró los papeles del divorcio que estaban en la mesa. El roce de las hojas contra el suelo hizo eco en la sala vacía.

El vocabulario tan técnico y frío del documento parecía una burla a los cinco años que habían estado juntos, reduciéndolos a la nada.

Con los ojos llorosos, Diego se inclinó para recogerlos.

En realidad, ni siquiera leyó las cláusulas con atención; solo le echó un ojo a las primeras líneas sobre la división de bienes y sintió una punzada en el pecho que casi lo deja sin aire.

Totalmente entumecido, firmó los documentos.

Una vez listos, los metió en un sobre manila y los puso encima de unos papeles confidenciales de la empresa que le había dejado Julio.

En ese instante, sintió que acababa de empacar su propia alma en ese sobre.

Se levantó y, arrastrando los pies como alma en pena, se fue hacia la recámara.

Prendió una vela aromática; antes le relajaba ese aroma, pero ahora solo le parecía amargo.

Se obligó a cerrar los ojos, intentando usar el sueño para escapar de la horrible realidad.

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