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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 265

En cuanto Diego entró a la casona con la bebé en brazos, la familia se alborotó.

La abuela, Rubén y un grupo de empleados domésticos ya estaban enterados y los esperaban en la sala principal.

Al verlos aparecer, todos se acercaron de inmediato.

La abuela fue la primera en adelantarse para tomar a Renata en brazos. La miró con detenimiento, con los ojos brillando de fascinación:

—Qué preciosa... es una muñequita. Qué preciosa… esta niña va a llegar lejísimo, vas a ver —no dejaba de halagarla.

Rubén, de pie junto a la abuela, le echó un vistazo a la niña. Su rostro, siempre tenso y severo, se suavizó un poco.

Levantó la vista y miró a Diego con indiferencia:

—¿Cómo van las cosas entre ustedes? ¿Por fin esa mujer dejó que trajeras a la niña?

Diego murmuró una respuesta evasiva:

—Sí.

Tal vez fue por tener a tanta gente a su alrededor o por estar en un lugar desconocido, pero Renata miró a todos lados, hizo un puchero y rompió en un llanto incontrolable.

Diego solo había ayudado a Vera con el bebé durante el posparto, pero la mayor parte del tiempo una enfermera se hacía cargo.

Ahora que Renata lloraba a todo pulmón, nadie lograba calmarla. Él caminaba de un lado a otro con ella, sudando a mares, pero el llanto no cesaba.

Incluso las empleadas con más experiencia intentaron intervenir, pero fue inútil.

Diego ya no sabía qué hacer.

En ese momento, se escucharon pasos en la escalera. Era Josefa, que había bajado al escuchar el alboroto.

Con el ceño fruncido y cara de fastidio, se acercó y le quitó a la niña de los brazos:

—Mecerla así no sirve de nada. Si un bebé llora, es porque tiene hambre o porque se hizo del baño, no hay de otra.

—Prepárale el biberón rápido, yo le cambio el pañal —ordenó.

Aunque Josefa chasqueó la lengua con fastidio, sus movimientos fueron sorprendentemente ágiles.

—Mamá, tú...

Josefa reaccionó de golpe. Al darse cuenta de que había mostrado afecto, la ternura en su rostro fue reemplazada de inmediato por una mueca de asco.

Le aventó a la niña a Diego con brusquedad, como si su dulzura de hace un momento hubiera sido una alucinación.

—¡Yo qué! ¡Solo me fastidiaba escucharla llorar, me dolía la cabeza!

—No creas que esta niña me cae bien. Nada más de acordarme que es hija de Amaya y que lleva la sangre de esa cualquiera, se me revuelve el estómago.

—¡Si fuera niño, vaya y pase! Al menos sería un heredero de la familia Muñoz. ¡Pero las mujeres a fin de cuentas terminan largándose con otros!

Apenas terminó de hablar, la abuela golpeó el suelo con su bastón, furiosa:

—¡Pero qué anticuada eres! ¡Tienes la mentalidad más cerrada que yo, y eso que soy de otra época!

—En estos tiempos, un niño o una niña valen lo mismo. Es la tercera generación de los Muñoz y hay que quererla parejo, sin importar lo que sea.

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