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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 266

—Mientras crezca sana, lista y preciosa, ¿qué más da si es niña? Diego, no le hagas caso a las tonterías de tu mamá. ¡Las hijas también son un tesoro!

Josefa hizo una mueca, aunque sus ojos se desviaban de reojo hacia Renata, que seguía en brazos de Diego:

—Ay, mamá, ¿eso dices ahorita? Cuando tuve a mis tres hijas seguidas, bien que te quejabas...

La abuela la fulminó con la mirada y resopló con desdén:

—Por mucho que renegara, nunca fui tan descarada como tú. A ver, dime, ¿le organizaste su fiesta de presentación? ¿Ya le planeaste el bautizo? Cuando tuviste a tus cuatro hijos, yo me encargué de que no les faltara ni un solo detalle de esos.

—Con razón mi nieta política agarró a la niña, se fue a vivir con su mamá y no quiere ni asomarse por aquí. ¡Te apuesto lo que quieras a que todo es por tus desplantes!

La abuela padecía un poco de demencia senil; a veces estaba lúcida y otras se perdía, pero tenía la experiencia de los años y era evidente que entendía perfectamente cómo funcionaban las cosas.

Al escuchar las palabras de su abuela, Diego sintió una sacudida en el pecho.

Recordó que, durante los últimos cinco años, Amaya nunca había encajado con el resto de la familia, pero siempre se había llevado de maravilla con la abuela.

Justo cuando empezaba a hacerse ilusiones de que tal vez, si la abuela intervenía, habría una esperanza para su matrimonio, unos golpes violentos en la puerta principal lo sacaron de sus pensamientos.

***

Amaya había llamado a Diego tres veces seguidas, pero él no contestó ninguna.

Ella lo conocía bien; sabía que nunca soltaba el celular. Si estaba encendido, era imposible que no lo hubiera escuchado.

La única explicación lógica era que la estaba ignorando a propósito.

La sangre le hervía del coraje. La decepción que sentía hacia él había llegado a un punto sin retorno.

Ese infeliz... Cada vez que abría la boca era para jurar que quería arreglar las cosas, que sabía que se había equivocado y que iba a cambiar. Pero todo se quedaba en promesas vacías.

A la hora de la verdad, volvía a ser el mismo egoísta de siempre, pensando únicamente en su propio beneficio.

Seguro estaba apostando a que ella tardaría en descubrir que Renata estaba con él.

Empezó a golpear la puerta de la casona con todas sus fuerzas, pero nadie abría.

Se giró hacia Saúl y le gritó, al borde de la desesperación:

—Si no abren, tiremos la puerta a golpes. ¡No paramos hasta que la abran!

—Saúl, te lo ruego... hoy nos llevamos a Renata a casa sana y salva, cueste lo que cueste, ¿entendido?

Saúl bajó la mirada y respondió con voz profunda:

—Entendido.

Le hizo una seña a su equipo. Todos los hombres que venían con él se adelantaron de inmediato y, trabajando en conjunto, empezaron a embestir la pesada puerta de la casona con sus propios cuerpos.

Después de siete u ocho impactos brutales, por fin se escuchó el ruido de la cerradura abriéndose desde adentro...

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