Cuarenta minutos después.
Vera llegó a la zona de acampada de Valle Silvestre. Apenas cruzó la entrada, escuchó una voz muy melodiosa. Todo el lugar estaba en silencio y la gente llevaba el ritmo con las palmas, completamente atrapada por la canción.
Se detuvo y miró a lo lejos.
De un solo vistazo, su expresión se volvió sombría y apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas, impulsada por el puro coraje.
En el centro del prado, un hombre y una mujer cantaban a dueto. El hombre era Romeo y la mujer, obviamente, era Amaya.
Estaban cantando un tema romántico algo viejito, pero bastante alegre.
Todo había sido idea de Sofía, quien insistió en que cada uno hiciera una pequeña presentación.
Después del baile de Sofía, Marcos también se animó e improvisó una rutina de comedia que hizo que todos se murieran de risa, dejando el ambiente a tope.
Cuando fue el turno de Romeo, tampoco se hizo del rogar y soltó un chiste malísimo.
Aprovechando el momento, Amaya hizo una mueca graciosa con la intención de zafarse del reto.
Pero Sofía y Marcos no se la pasaron. Dijeron que ambos habían hecho trampa y que era injusto, así que empezaron a echarles porras para obligarlos a hacer un número juntos.
De pequeña, Amaya solo había aprendido a defenderse con clases de artes marciales y taekwondo. Para el baile tenía dos pies izquierdos, así que lo único que más o menos le salía bien era cantar.
Al verla tan apurada, Romeo se ofreció a cantar algo solo.
Pero Marcos se negó rotundamente. Quería que Amaya cantara con él y, para colmo, pidió esa canción romántica en específico.
A fin de cuentas, Amaya y Romeo terminaron cediendo ante la presión.
Nunca antes se habían escuchado cantar, así que ninguno tenía idea de qué tan bien o mal lo iba a hacer el otro.
Pero en cuanto empezó la pista, se notó la misma química natural que tenían para trabajar juntos.
En ese momento sopló la brisa de la noche, trayendo consigo el aroma de la carne asada. A todos se les hizo agua la boca y se alejaron siguiendo el olor.
Fue en ese instante cuando Vera se coló en la carpa.
Ya se había fijado bien dónde habían dejado sus vasos Amaya y Romeo después de brindar.
Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la viera y echó rápidamente el contenido de dos sobrecitos con un polvo en los vasos de ambos.
Después, sonrió con malicia y se esfumó antes de que regresaran.
Después de probar un poco de carne, el grupo sintió que ya había comido suficiente y regresó a la mesa.
—Salud, Ami. Hay que brindar —dijo Sofía tras tomar el vaso frente a ella y pasárselo a Amaya. Luego agarró el suyo, se sirvió más cerveza y abrazó a su amiga por los hombros.
—¿A poco no está increíble la vida de soltera? ¡Dime tú qué tan loca tiene que estar una mujer para querer casarse!

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