Las palabras de Amaya fueron como un balde de agua fría, tan afiladas que dejaron a Diego completamente paralizado.
La miró atónito, con el pecho subiendo y bajando por la agitación. Aunque sentía un nudo de rabia en la garganta, no tuvo más remedio que tragar saliva; todo lo que ella había dicho era la cruda verdad, y no encontró ni una sola palabra para defenderse.
Al notar que Amaya se estaba alterando, Romeo le apretó suavemente la mano, pidiéndole calma en silencio.
Con un tono sereno, se dirigió a Diego:
—Lo que Ami acaba de decir es bastante directo, pero tiene toda la razón.
—Diego, si eres capaz de asimilar esto y empezar a cambiar las cosas desde ti mismo, tal vez la familia Muñoz aún tenga salvación.
—Pero si sigues tapándote los oídos y actuando como el dueño de la verdad, solo conseguirás quedarte más solo, y al final, ese Grupo Muñoz que tanto te importa terminará hecho cenizas.
—No tenemos nada más que decirte. Queda en ti decidir si nos escuchas o no.
Tras decir esto, Romeo le hizo una seña a Amaya para que se marcharan.
Ella estaba furiosa y ya se le había quitado el apetito por completo. Sin dudarlo, dio media vuelta y salió.
Ambos se alejaron juntos, dejando a Diego solo frente a una mesa llena de comida que nadie había tocado.
Diego se quedó mirando a la nada, perdido en sus pensamientos durante un largo rato antes de reaccionar.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que el sonido de su celular lo devolvió a la realidad.
Al mirar la pantalla, vio que era su madre, Josefa Ponce. Contestó con desgano:
—Mamá.
Desde el otro lado, le llegaron los alaridos histéricos de Josefa:
—¡Ay, Diego! ¿Qué pasó? ¿Por qué Vera está totalmente loca?

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