Era un bolso por el que había estado en lista de espera durante muchísimo tiempo en la tienda de lujo, sin éxito porque no tenía el estatus suficiente como clienta.
Valeria siempre asumió que, dado el poder de Diego, el regalo debía ser un modelo exclusivo y recién salido de la tienda.
¡Y ahora Romeo la dejaba en evidencia! Resultaba que no solo era un bolso usado, ¡sino que era lo que la madre de Romeo había desechado!
Valeria perdió la cabeza y empezó a dar saltos de rabia.
—¡Romeo! ¡No sabía que podías ser tan venenoso! ¡Insultas sin decir una sola grosería!
—¡Tú... tú...!
La mente de Valeria trabajaba a mil por hora buscando un contraataque, pero se dio cuenta de que no tenía con qué insultarlo.
Después de tartamudear un rato señalándolo con el dedo, clavó la mirada en Ernesto, el gerente del proyecto que había subido con ella.
Ernesto era el supervisor general del Edificio Horizonte y años atrás había sido subordinado de su padre en el Grupo Zaldívar.
Valeria había ido al edificio ese día con la esperanza de usar a Ernesto para conseguir un trato preferencial y alquilar el último piso como oficinas.
Su padre, Zacarías Zaldívar, ansiaba entrar al mercado inmobiliario de Solsepia y planeaba dejarla a cargo de esa sucursal.
Por eso, en cuanto recibió la llamada, ella dejó a un lado sus problemas maritales para ir a inspeccionar el lugar.
Jamás imaginó toparse en el último piso con Amaya y Romeo, y mucho menos que le restregaran su felicidad en la cara.
Quería humillarlos y dejarlos mal parados, pero terminó siendo el hazmerreír.
Valeria nunca había sido humillada de esa forma, y ahora acumulaba derrota tras derrota frente a la pareja.
Fuera de sí, le gritó a Ernesto a todo pulmón.
—¡Ernesto! ¡¿Acaso este edificio es un basurero donde entra cualquier animal?!

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