Amaya respondió con voz serena:
—No tienes la culpa de nada, Axel. El problema no fuiste tú, así que no te sientas mal.
Axel insistió:
—La verdad es que hacían buena pareja. Yo veía cómo dabas todo por él, y sé que fue él quien te lastimó. Pero de verdad está arrepentido. Hoy bebió muchísimo y no quiere divorciarse. Amaya, ¿crees que podrías...?
Amaya soltó una carcajada seca:
—Axel, hasta dudó de que mi hija fuera suya. ¿De verdad crees que tenemos algún futuro juntos?
—No intentes ser el mediador, no te metas en nuestros problemas. Lo nuestro no tiene remedio. Antes, si se emborrachaba, corría a buscarlo enseguida. Ahora, si se muere borracho en la calle, no movería un dedo.
Al escuchar la firmeza y frialdad en su voz, Axel supo que era inútil seguir intentando:
—Está bien, veo que tomaste una decisión. No diré más. Cuídate mucho y cuida a la bebé.
—Gracias.
Axel colgó y volvió a soltar un suspiro profundo.
Al regresar a la mesa, vio que Diego se había terminado otra botella de whisky. Le dio una palmada resignada en el hombro:
—Ya está hecho. No tiene caso que sigas torturándote. Si no la puedes recuperar, tienes que seguir adelante.
—Eres un hombre exitoso, puedes tener a la mujer que quieras. Si Amaya logró cerrar el ciclo de esa forma, tú también deberías hacerlo.
—Camilo Torres me dijo que ahora ella está rodeada de tipos guapos. Tú también deberías divertirte, buscar chicas bonitas y desahogarte. No te guardes las cosas, te hará mal.


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