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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 398

—¡Yo siempre seré tu hermano y tú solo serás mi hermana! ¡Jamás pasará nada más entre nosotros!

Las palabras terminaron de destrozar el orgullo de Vera. Se aferró el pecho y gritó histérica, sin poder contenerse:

—¿Por qué? ¡No tenemos la misma sangre! ¡Solo soy la hija adoptiva de tu tía!

—Diego, sabes que te amo, haría lo que fuera por ti. Trátame como a un perro si quieres, conviérteme en tu amante a escondidas o solo úsame en tu cama por las noches. No me quejaré... Pero te lo suplico, no me apartes de tu lado, ¿sí?

Vera estalló en llanto. No lo entendía. Él juraba que la trataría bien y la protegería, pero ni siquiera le daba una oportunidad.

Si él no la hubiera rechazado en el pasado, ella nunca habría accedido a casarse tan rápido con Romeo Ortega y no estarían viviendo todo ese infierno.

¿Acaso era tan poca cosa?

Ella sentía claramente que Diego sí la quería. No podía estar equivocada.

¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!

Su corazón gritaba y se retorcía de dolor.

Pero Diego se mantuvo calmado. La miró, suspiró, se quitó el saco y lo puso sobre los hombros de ella, cubriendo su revelador cuerpo por completo.

—No vuelvas a vestirte así. ¿Qué crees que te pasaría si te cruzas con un mal hombre? —le dijo, moviendo la cabeza con resignación.

Vera se estremeció y se aferró fuertemente a su mano:

—Diego... ¿te doy asco? ¿Es porque estuve con Dante Ramos y tuve a Mati? ¿Y porque luego Amaya me destruyó la vida y pasó todo aquello...? ¿Es por eso?

Se mordió el labio con fuerza, temblando descontroladamente.

—¡No quiero escuchar! ¡No quiero! ¡Siempre haces lo mismo! ¡Me confieso y me avientas a uno de tus amigos!

—¿Qué es lo que quieres? ¿Que todos tus amigos pasen por mi cama mientras tú juegas al santo intocable?

—¡Te hice caso en el pasado! Me dijiste que Romeo era bueno, así que me acosté con él. ¿Y de qué me sirvió? ¡Me tiró a la basura sin dudarlo!

—¡Tú tienes la culpa de mi miseria! ¡Diego, no tienes derecho a abandonarme nunca! ¡Si lo haces, no tendrás perdón de Dios!

Vera gritaba ahogada en llanto, con el rostro empapado y arrugado por el sufrimiento.

Al verla en ese estado y recordar el infierno que había pasado últimamente, Diego sintió lástima. Extendió la mano y le secó las lágrimas del rostro.

—Ven, te llevaré a tu casa —le dijo con voz suave, ayudándola a levantarse del suelo.

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