¡Vera se negaba a aceptarlo!
Era hora de jugar su carta secreta.
De pie frente al enorme ventanal de la villa, sacó su teléfono y marcó un número encriptado.
Del otro lado de la línea respondió una voz áspera, profunda y con un marcado tono vulgar.
—Vaya, vaya, mi reina… Qué milagro que me llamas.
Vera tragó saliva para calmar el asco que le producía ese hombre y fingió un tono dulce.
—¿Cómo está mi niño? ¿Se está adaptando a vivir contigo?
—¡De maravilla! —rugió el hombre con una carcajada—. Le contraté a tres niñeras para él solito. Le compro la mejor leche importada y todos sus juguetes y ropa son de diseñador.
—Vera, nunca pensé que me darías un varoncito tan precioso. Lo que quieras, pídeme lo que se te antoje, y si quieres, hasta las estrellas te bajo a tiros.
El hombre al teléfono era Dante Ramos, el líder criminal con el que Vera había tenido una relación tormentosa que aún la hacía temblar de asco.
Tras divorciarse, Vera se dio cuenta de que tener un bebé arruinaría sus planes de conseguir un marido millonario. Sabiendo que Dante no tenía herederos, lo contactó en secreto y le entregó al niño.
Dante, emocionado por tener sangre de su sangre, hizo pruebas de ADN y, al confirmar su paternidad, se llevó al niño a su territorio para criarlo.

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