—Ami, ¿acaso querías...
No alcanzó a terminar la frase cuando la voz apresurada de Amaya sonó al otro lado de la línea.
—Diego, ¿tienes cómo contactar al supervisor de la obra del pueblo cultural?
Toda la ilusión que Diego sentía se atascó de golpe en su garganta. Apretó el teléfono y se quedó en silencio durante varios segundos antes de recuperar el aliento.
—No tengo el número directo, pero puedo conseguirlo. ¿Qué pasa?
La situación era demasiado urgente como para andarse con rodeos, así que Amaya fue directa al grano.
—La abuela de Romeo, que también fue mi profesora, Luciana Guzmán, está en su obra ahora mismo. Me dicen que hubo un fuerte altercado con sus trabajadores por culpa de la excavación. Es una anciana y además está enferma. Tememos por su integridad física.
Hizo una breve pausa y continuó con firmeza.
—Por favor, contacta a tu supervisor de inmediato. Pase lo que pase, que esperen a que nosotros lleguemos. ¡Y que ni se les ocurra ponerle un dedo encima a la profesora Guzmán, porque si le pasa algo, esto no se quedará así!
Amaya soltó las palabras con tono cortante. Sin embargo, al otro lado de la línea, solo hubo silencio. Diego apretaba el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Casi no procesó la advertencia de Amaya; la única palabra que resonaba en su cabeza era "Romeo".
¿Así que ella no lo había llamado de madrugada por arrepentimiento, ni por los recuerdos de su matrimonio? ¿Solo lo llamaba porque estaba preocupada por la familia de Romeo? ¿Acaso no sentía la menor nostalgia por lo que tuvieron? ¿Qué tan bien se lo estaba pasando con Romeo esta noche?
El rencor y la amargura lo devoraban por dentro. Había albergado una mínima esperanza de que Amaya tuviera algo de cariño residual por él, y la realidad le acababa de arrojar un balde de agua helada en la cara.
Después de un largo silencio, Diego respondió con voz apagada.

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