De no haberse dado cuenta a tiempo, Diego la habría vuelto a arrastrar a la ruina.
El rostro de Diego pasó de rojo a blanco por las certeras palabras de Amaya. Tragó grueso y respondió con voz baja:
—No tengo ninguna intención de casarme con Valeria Zaldívar. Aunque nos divorciemos, no pienso volver a casarme en mucho tiempo, te lo juro.
—Simplemente… no doy más. Estoy al límite. Ya que te niegas a volver conmigo, es inútil seguir destrozándonos mutuamente. Es mejor soltarnos.
—He aceptado todas las condiciones de tu acuerdo de divorcio. Te daré cada centavo que exiges. En cuanto a mis cláusulas adicionales, si no quieres firmarlas, olvídalo.
—Ya me rendí, ¿no es suficiente, Amaya?
Ella levantó la vista y lo escaneó de pies a cabeza.
Se veía demacrado, con ojeras profundas. Su traje, siempre hecho a la medida y sin una arruga, hoy lucía opaco y descuidado. Parecía haber envejecido diez años en una semana.
Vaya, por fin había doblado las manos y dejado de jugar sucio con los abogados.
Amaya sonrió con frialdad.
—¿Qué hay de tu famosa deuda de dos mil millones? ¿La voy a heredar tras el divorcio?
—La asumiré yo solo —murmuró Diego.
—¿Y los donativos a los que te comprometiste en la gala benéfica? ¿Pagarás todo?
—…Sí.
—Perfecto —concluyó ella—. Dile a tus abogados que le envíen el borrador final a Marcos. Si todo está en orden, firmaremos de inmediato y pasaremos por el juzgado.
Amaya solo había alargado el proceso para torturar a Diego. Ahora que él capitulaba sin condiciones trampa, ella estaba más que lista para borrar el apellido Muñoz de su vida.

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