Dante soltó una carcajada llena de arrogancia al otro lado de la línea.
—Esa es la actitud, mi amor. Tenemos un hijo juntos, a fin de cuentas, somos una familia.
—Si te vienes conmigo, te juro que serás la mujer más envidiada de este mundo.
—Dime dónde estás para mandar un auto a recogerte. Empaca lo necesario. Esta misma noche cruzaremos la frontera, tengo gente esperándonos del otro lado.
Vera no dudó un segundo y le dio su ubicación exacta.
Había tomado la decisión de apostarlo todo.
Se juró a sí misma que, sin importar el precio que tuviera que pagar, si el resultado final era la destrucción total y absoluta de Amaya y Romeo, valdría cada maldito segundo.
-
Mientras tanto, Amaya y Romeo habían seguido a Diego hasta su oficina.
El lugar lucía casi idéntico a como ella lo recordaba. Sin embargo, hubo un detalle que la dejó desconcertada: sobre el escritorio de Diego, en el lugar más visible, descansaba una fotografía enmarcada de ella y Reni.
Era irónico. Durante todos los años que fue su legítima esposa, Diego jamás le había dado semejante lugar de honor.
Y ahora, que ya estaba divorciada y casada con otro hombre, de repente decidía exhibir una foto de ellas como si fueran su mayor tesoro.
¿Qué intentaba demostrar con eso?
¿Que aún le importaban?
Amaya no pudo evitar soltar una risa cargada de cinismo y burla.
—Diego... un ventilador en pleno invierno, un abrigo en medio del verano... atenciones que llegan cuando ya expiró su tiempo. ¿Qué sentido tienen ahora?
—Deberías guardar esa foto de Reni y mía. No vaya a ser que tu nueva esposa entre, la vea y te haga una escena de celos.
Diego, que ingenuamente había esperado que el gesto ablandara el corazón de Amaya, se sintió profundamente ofendido por su reacción y resopló con frialdad:
—Es mi escritorio y pongo lo que se me dé la gana. No necesito tu permiso ni tus consejos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta