Diego se quedó mudo ante los reclamos de Amaya. Quiso defenderse, pero las palabras se le atoraron en la garganta.
Era innegable. Amaya le había suplicado infinidad de veces que mantuviera su distancia con Valeria.
Pero en ese entonces, su ego lo cegaba. Creía que Amaya solo estaba celosa, que no soportaba la idea de verlo prosperar. Así que, con total arrogancia, decidió ignorarla y convirtió a Valeria en su principal aliada, convencido de que al casarse, aseguraría el poder del Grupo Zaldívar para su propio beneficio.
Jamás imaginó que él mismo estaba cavando su propia tumba. No había sacado ni un centavo de provecho; al contrario, ahora Valeria lo tenía acorralado en cada movimiento.
Incluso su propia madre había sido rebajada al nivel de una sirvienta por las exigencias de Valeria, y él, por el bien de la empresa, tenía que apretar los dientes y aguantar en silencio, sin atreverse a reclamarle nada.
La humillación que sentía Diego en esos momentos era absoluta.
Por su parte, Romeo notó algo interesante. Siempre que Amaya estaba lejos de Diego, era una mujer serena, dulce y con un control emocional admirable.
Sin embargo, bastaba con que Diego estuviera cerca para que todos los fantasmas del pasado despertaran. Amaya se transformaba; levantaba sus defensas como un erizo listo para atacar, muy diferente de la mujer tierna y cariñosa que él conocía.
Esta pequeña observación llenó a Romeo de orgullo, pero también de una profunda ternura. Orgullo porque sabía que él le daba la seguridad que ella necesitaba para bajar la guardia, y ternura al pensar en el infierno que debió vivir junto a Diego.
Si una mujer se veía obligada a vivir a la defensiva, era solo porque había soportado demasiadas lágrimas y decepciones en silencio.
Romeo extendió la mano y entrelazó sus dedos con los de Amaya, hablándole con voz aterciopelada:
—Ami, mi amor, ya no tiene caso desgastarse con corajes del pasado.
—La empresa AM aún tiene miles de millones invertidos en el Grupo Muñoz. Si ellos se hunden, nuestra inversión también correrá un riesgo enorme.
Las palabras de Romeo funcionaron como un bálsamo. Amaya respiró hondo y su semblante se relajó un poco, aunque su mirada hacia Diego seguía siendo gélida.
—Precisamente por esa razón traté de advertirte tantas veces. Te pedí que tomaras distancia de Valeria, que no actuaras por impulso, pero como siempre, hiciste lo que quisiste y corriste a firmar esos papeles con ella.
—Dime de una vez a qué nos llamaste, sin rodeos.

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