Camilo procesó las palabras por un segundo y de inmediato entendió qué hacía Vera ahí.
Parecía que su visita de cortesía era solo una fachada; su verdadera intención era sembrar discordia.
Le pareció irónico; desde pequeños, esta mujer siempre había sido sumamente egoísta, aceptando el cariño y la ayuda de todos como si fuera su derecho, sin jamás dar nada a cambio. Y ahora resultaba que, al enterarse de su accidente, le traía regalos... Un verdadero milagro.
Camilo encendió discretamente la grabadora de voz de su teléfono y le respondió con calma:
—¿Por qué dices eso?
—No creo que lleguen a tanto. Por más problemas que tengan Amaya y Romeo con otros, nadie se desquitaría conmigo.
Vera soltó una risita burlona de inmediato:
—Ay, Camilo, de verdad que pecas de inocente.
—Piénsalo bien. El accidente ocurrió en una zona céntrica, y ahí el tráfico siempre es lento. ¿Por qué un camión, que estaba prácticamente para el deshuesadero y con los frenos desgastados, iría a tanta velocidad justo detrás de ti?
—Créelo o no, tengo información de primera mano: este accidente fue provocado con toda la intención. ¡El único objetivo era usarte como escarmiento para joder a Amaya y Romeo!
—Camilo, escucha, antes tú, Diego, Axel y yo éramos uña y mugre. Ustedes siempre me trataron como a una hermanita. De verdad, no quiero verte hundido en los problemas de Amaya y Romeo. Toma distancia de ellos. Mírate nada más, ¿no crees que es muy injusto que estés pagando los platos rotos?
Aprovechando que el enfermero había salido, Vera fue directo al grano.
Desde su paso por la comisaría, Vera había aprendido a controlar sus impulsos. Sabía que sus viejos trucos ya no servían con Amaya y Romeo, y que seguir intentándolo solo le traería más desgracias.

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