Amaya se detuvo, mirando a Diego sin la más mínima emoción en los ojos, y con una voz tan fría como si hablara con un extraño, le dijo:
—A un lado.
Una suave fragancia acarició el rostro de Diego.
En ese momento, el tiempo pareció detenerse.
Diego estaba tan impactado por la belleza incomprensible de Amaya que su corazón comenzó a latir desbocado.
Sus pupilas se contrajeron violentamente, sin que pudiera controlarlo.
Su cerebro dejó de funcionar.
Sus dedos se quedaron rígidos, incapaces de moverse.
No podía apartar la vista del rostro de Amaya; la miraba fijamente, hipnotizado.
La mujer frente a él lucía mil veces más hermosa que cuando se vieron en el registro civil.
Y pensar que eso había sido hace apenas unas cuantas horas...
Resultaba que Amaya no es que fuera desaliñada, simplemente no se arreglaba. Ahora que lo hacía, era capaz de opacar a todas las mujeres de la alta sociedad de Solsepia, convirtiéndose indiscutiblemente en el centro de atención.
—Ami, tú... no debes estar acostumbrada a caminar con esos tacones, yo... te ayudo.
La voz de Diego sonó ronca. Tragó saliva y, por puro instinto, extendió la mano para sostenerla.
—No hace falta que el exesposo se moleste. Esta noche, yo seré el acompañante de Ami.
Pero antes de que Diego pudiera tocarla, Romeo se interpuso, apartando su mano de un golpe. Con una postura de absoluta firmeza, se colocó al lado de Amaya.
Flexionó ligeramente el brazo, indicándole a Amaya que se apoyara en él.
Amaya llevaba mucho tiempo sin usar tacones altos, por lo que en verdad se sentía un poco inestable. Tomó el brazo de Romeo de inmediato, sintiendo al instante una fuerza sólida y tranquilizadora.
Diego frunció el ceño. Al escuchar la palabra 'exesposo' de los labios de Romeo, sintió un golpe en el pecho que le cortó la respiración.
—...
Antes de que pudiera pronunciar palabra, Romeo ya estaba escoltando caballerosamente a Amaya, pasando por su lado sin mirarlo.

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