Romeo sonrió y le hizo un gesto para que se apoyara en su hombro.
Luego, con una delicadeza y caballerosidad extremas, le quitó los zapatos de tacón, le puso las pantuflas y, con mucho cuidado, acomodó el dobladillo de su vestido para ocultarlas.
Amaya ya era alta de por sí, por lo que podía lucir el vestido a la perfección sin necesidad de los tacones.
Romeo escondió temporalmente los zapatos plateados debajo de la mesa de postres y la miró con una sonrisa cálida.
—Estas pantuflas están hechas de materiales ecológicos, son plegables y no pesan nada, así que guardé un par por si acaso.
—Como casi nunca usas tacones, sabía que aguantarlos toda la noche te iba a matar. Aprovecha este descanso para relajarte.
Ese nivel de atención y cuidado no lo tenía cualquiera.
Amaya sintió cómo un calor reconfortante le inundaba el pecho, conmovida hasta lo más profundo.
Desde que era niña, había sido tratada como una sirvienta, como un bicho raro, como alguien prescindible, como una sombra destinada a hacer brillar a otros... pero jamás en su vida la habían tratado como a una princesa, hasta esta noche.
Antes solía pensar que las chicas que soñaban con ser princesas eran ridículas e ilusorias.
Ella nunca se permitía soñar.
Pero todo lo que Romeo había hecho por ella esta noche le hizo darse cuenta de que la sensación de ser valorada, protegida y mimada en cada detalle, era absolutamente maravillosa.
Mientras Amaya asimilaba ese sentimiento, una voz gélida rompió la magia desde atrás:
—No sabía que podías llegar a ser tan detallista. Nunca te vi tratando a Vera de esta manera.
Diego había visto toda la escena. Sentía que las entrañas le ardían de furia, pero a la vez, estaba desconcertado.
En su experiencia, Romeo siempre había sido un témpano de hielo frente a cualquier mujer.
Rara vez lo había visto ser tan cálido y afectuoso con alguien.
Y lo más irónico de todo era que ese alguien, era nada más y nada menos que su 'exesposa'.
Romeo borró la sonrisa de su rostro. Se levantó lentamente del suelo, se dio la vuelta y miró a Diego con desdén.
—Porque ella no me interesa.
El mensaje oculto era claro: *Me interesa Amaya*.

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