Romeo tenía un atractivo que parecía fuera de este mundo, de esos que resaltan incluso entre los hombres más guapos.
Sus facciones eran increíblemente proporcionales. Destacaba sin importar cuánta gente hubiera a su alrededor.
Tenía cejas marcadas, una nariz recta, labios del grosor perfecto, ojos ligeramente rasgados y pupilas de un negro profundo. Su rostro tenía un perfil tan definido e impactante que parecía una obra de arte esculpida por los dioses.
Mientras Amaya lo miraba, más se convencía de que no existía otro hombre capaz de combinar un aura tan fría e intocable con una ternura tan devota de una manera tan natural.
Romeo rara vez tenía a una mujer mirándolo tan de cerca, así que, por primera vez en su vida, se sintió un poco cohibido.
—¿Tengo algo en la cara...?
Preguntó con voz confundida y levantó la mirada para encontrarse con los ojos de Amaya.
Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que se le había quedado viendo como embobada. Apartó la vista rápidamente.
—No, no... solo estaba apreciando el paisaje.
—¿Alguna mujer te ha dicho que eres ridículamente atractivo?
—Eres la primera —respondió él.
Amaya se mostró incrédula.
—¿Es en serio? En todos estos años, ¿ninguna te ha dicho lo guapo que eres?
Romeo soltó una risita suave.
—No, porque nunca me había sentado tan cerca de ninguna mujer.
Amaya se quedó sin palabras.
Respiró hondo, tratando de aligerar la tensión del momento.
—Bueno, con lo guapo y detallista que eres, la que termine siendo tu futura novia, mi cuñada, va a ser la mujer más afortunada del mundo.
Romeo levantó una ceja.
—¿Cuñada?
Amaya soltó una risa nerviosa.
—¡Claro! Cuando tengas novia, tendré que decirle cuñada por respeto a nuestra amistad, ¿no?
Romeo apoyó la barbilla en su mano y la miró fijamente, con una media sonrisa en los labios.
—¿Eso significa que tienes planeado tener otros novios en el futuro?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta