Al escuchar la voz relativamente calmada de Sofía, la angustia en el pecho de Amaya se disipó un poco. Continuó dándole instrucciones:
—De ahora en adelante, sin importar lo que te diga esa persona o cómo intente contactarte, no le creas ni una sola palabra.
—Recuerda lo que te dije. Mientras estés en el aeropuerto, quédate pegada a Nilo. No vayas a ningún otro lado ni hables con nadie. Y... mantente en contacto conmigo en todo momento.
—Sofi, no entres en pánico. Te prometo que no dejaré que te pase nada malo. Escúchame bien... ¡no permitiré que te pase nada malo!
Al repetirlo, la voz de Amaya se quebró, revelando un leve temblor.
Apretó el teléfono con fuerza, con los ojos llenos de lágrimas y una culpa inenarrable oprimiéndole el corazón.
Pensar que, por su culpa, Camilo Torres había sufrido un accidente y Sofía estaba en peligro, la hacía sentir como si le clavaran miles de agujas en el cuerpo.
—Ami, lo sé, no llores.
—Todo es mi culpa, fui demasiado ingenua y confié ciegamente en un extraño. Menos mal que me estás cuidando, de lo contrario, estaría perdida.
—No pasa nada, solo es el costo de dos boletos de avión desperdiciados. No te preocupes, regresaré muy pronto. Espérame en el aeropuerto, voy a buscar a Nilo ahora mismo.
Sofía estaba aterrorizada, pero al escuchar el llanto de Amaya, se apresuró a consolarla.
En ese momento, despertó de su ensoñación. Al recordar todo lo que había hecho cegada por la ilusión, sintió un sabor amargo en la boca.
Había sido demasiado imprudente, y por su culpa su mejor amiga estaba sufriendo.
Sofía mantuvo la llamada activa mientras se dirigía rápidamente hacia la salida de la zona VIP, tal como le habían indicado.
Al adentrarse en ese país desconocido, miró a su alrededor con una creciente sensación de inquietud.
Fingiendo calma, finalmente llegó a la salida VIP.
Ya había un grupo de personas esperando allí.
A cierta distancia, Sofía vio a un joven de piel morena, vestido con uniforme, que sostenía en alto una bolsa de caramelos.
Sofía susurró por el teléfono:

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