Al principio, ella había jurado cumplir con esa orden.
Pero no pasó mucho tiempo antes de que se diera cuenta de que criar a un niño era un trabajo agotador que la privaba de su libertad. Así que, en secreto, se lo había entregado a Dante.
Jamás se lo había contado a nadie.
Como la familia Muñoz había estado lidiando con un escándalo tras otro, nadie había prestado atención al paradero del pequeño.
Y ahora, de la nada, Diego se lo echaba en cara.
Vera sabía perfectamente que, si confesaba la verdad, Diego la consideraría un monstruo insensible.
Por lo tanto, fingió estar devastada:
—Diego... mientras estuve detenida, no sé cómo Dante se enteró de la existencia de Mati y se lo llevó. Para cuando salí libre, ya era demasiado tarde.
—Tú sabes que no tengo el poder para enfrentarme a él. Lo odio con toda mi alma, ¿cómo crees que mantendría contacto con ese infeliz?
Diego apretó el teléfono, sus ojos ardían de furia:
—¡Sigues mintiéndome! ¡Eres una completa decepción, Vera!
—Amaya me envió la grabación de su llamada contigo. Un distorsionador puede cambiar el tono de voz, pero no la velocidad ni la forma de hablar. ¡Sé que fuiste tú! ¿Todavía vas a negarlo?
Incluso a través del teléfono, Vera podía sentir el odio que emanaba de Diego.
No podía creer que, a pesar de estar divorciados, él siguiera defendiendo a Amaya con tanta ferocidad, al punto de atacarla solo por un estúpido audio.
Una oleada de resentimiento y celos invadió a Vera. Perdió el control y gritó:
—¿Por qué? ¡¿Por qué sigues defendiéndola después de todo lo que nos ha hecho?!

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