De camino a la mansión.
Romeo ya había movilizado todas sus conexiones en Trinidad y contactado a Tristán, un mercenario que operaba en la frontera entre Trinidad y Oricalco. Había pagado una fortuna para contratar a un escuadrón armado con el objetivo de infiltrarse en el territorio de Dante Ramos y ejecutar un plan de rescate.
Simultáneamente, el hermano de Amaya había movido sus hilos con la Interpol, utilizando dos de los casos internacionales más recientes de Dante para asfixiarlo y obligarlo a liberar a la rehén.
Por su parte, Saúl había usado a sus informantes en Trinidad para sobornar a uno de los cabecillas dentro de la fortaleza de Dante, asegurándose de que Sofía no sufriera daños irreversibles.
Y como si fuera poco, Marcos Torres, que casualmente estaba en Trinidad cerrando un trato financiero con una de las figuras políticas más poderosas del país, había convencido a su cliente de usar toda la maquinaria gubernamental para acorralar a Dante.
Lo extraño era que, ante una presión de tal magnitud proveniente de tantos frentes, cualquier criminal común ya habría soltado a su prisionero.
Pero Dante se negaba a negociar. Parecía dispuesto a ir a la guerra contra el mundo entero.
Amaya sabía que cada segundo que Sofía pasaba en las garras de Dante era una sentencia de muerte.
Humillarse ante Vera era la única forma de extraer información clave y descubrir el paradero exacto de su amiga.
Al ver a Amaya de rodillas, con las mejillas hinchadas por los golpes, Vera soltó una carcajada estridente:
—¿Quieres saber dónde está? Arrodíllate y date cincuenta bofetadas más, luego quiero que te humilles completamente besándome los pies diez veces y llamándome 'patrona' veinte veces. Después de eso, te lo diré.
Vera no iba a desaprovechar la oportunidad de destrozar el espíritu de su enemiga.
Se regodeaba en su poder absoluto, lista para imponer el castigo más degradante posible.
Mientras tanto, el teléfono en el bolsillo de Amaya mantenía una llamada activa con Romeo.
Al escuchar las asquerosas exigencias de Vera, Romeo apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos; su rostro era una máscara de pura oscuridad.
Saúl, a su lado, estaba a punto de perder la cabeza. ¡Quería tumbar la puerta y matar a esa mujer a golpes!
¡Nunca en su vida había tolerado semejante humillación, nunca!
Cuando Saúl dio un paso hacia la puerta, Romeo lo detuvo agarrándolo del brazo con fuerza:
—Saúl, controla tu ira.

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