Romeo se apresuró a darle la buena noticia.
Al escuchar esas palabras, los ojos de Amaya se llenaron de lágrimas, y la tensión aplastante que le comprimía el pecho por fin cedió un poco.
De repente, volteó y clavó una mirada glacial en Vera.
Vera había recibido dos patadas brutales de Saúl. Y él no había medido su fuerza en ninguna de las dos.
Sabía que no era de caballeros golpear a una mujer, pero esta infeliz era un monstruo, así que las reglas de cortesía se habían ido al diablo.
El abdomen y la espalda baja de Vera ardían en agonía; sentía como si sus órganos internos hubieran sido destrozados y su cuerpo se estuviera partiendo en dos.
Al chocar con la mirada asesina de Amaya, Vera entró en pánico.
Intentó arrastrarse hacia atrás para ponerse de pie, pero su columna simplemente no le respondía.
Viendo que Amaya, Saúl y Romeo avanzaban hacia ella como depredadores rodeando a su presa, Vera miró hacia la esquina superior del techo y gritó con todas sus fuerzas:
—¡Asistente inteligente, haz una videollamada con Dante!
La cámara de seguridad en el techo se encendió, y una voz robótica femenina respondió:
—Comando recibido. Conectando con Dante Ramos. Por favor, espere...
Antes de que pudieran detenerla, la risa arrogante de Dante resonó a través de los altavoces:
—Mi reina, ¿qué pasa? ¿Me extrañas?
—¡Primo, ayúdame! —gritó Vera, desesperada.
—¡Maldición! ¡¿Qué demonios hacen esos infelices en la casa de mi mujer?! ¡Lárguense de ahí ahora mismo!
Dante estalló en insultos desde el otro lado de la pantalla, sus gritos ensordecedores casi rompen los tímpanos de Amaya.
Era evidente que, a través de su teléfono, estaba viendo en tiempo real todo lo que ocurría en la sala.
De repente, se escuchó un estruendo violento proveniente de su lado de la llamada.
—¡Amaya! ¡Perra infeliz, si te atreves a tocar a mi mujer, te juro que mis hombres van a violar a tu amiguita hasta matarla!

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